Del amor romántico y otros demonios

Por Angeles Santiso

Espero que disculpen el atrevimiento de hacer alusión a la obra de García Márquez con el título de este texto, pero es que cada vez estoy más convencida de que creer en el amor romántico como el eje central de la vida de pareja, generalmente da por resultado un verdadero infierno.

Y es que el amor romántico, para empezar, es idealización. Constantemente, recibimos un gran número de representaciones del amor “perfecto” con imágenes estereotipadas: las citas a la luz de las velas, las flores, los regalos, las miradas profundas, las sorpresas. El problema es que, cuando creemos que así debe ser porque así nos lo muestra la literatura, el cine, la publicidad, etc., pensamos que algo malo está ocurriendo con nuestra vida amorosa. ¿Cuántas parejas no han peleado porque un 14 de febrero no recibieron estas “muestras de amor”?

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Quienes nos hemos enamorado alguna vez, conocemos la mezcla de sentimientos y sensaciones que podemos experimentar, y también sabemos que esos sentimientos y sensaciones cambian, disminuyen, se transforman e incluso desaparecen. Con esto no quiero decir que los detalles amorosos están mal. Lo que me parece inadecuado es definir el amor a partir de esos detalles. Si nuestras parejas no son lo suficientemente creativas, o no les gusta festejar el 14 de febrero, o expresan el amor con actos concretos, entonces ¿no nos aman? Podría parecer exagerado, pero mi práctica clínica de casi 27 años me ha permitido acompañar a muchas personas sufriendo porque el romanticismo desapareció de su vida de pareja y, en consecuencia, sienten que ya no son amadxs, lo cual no necesariamente es cierto.

Por otro lado, el amor romántico perpetúa estereotipos que fomentan la desigualdad, la intolerancia e incluso la violencia. En la imagen del amor romántico generalmente la representación es heterosexual, como si enamorarse fuera una experiencia que sólo pueden experimentar una mujer con un hombre, lo cual sabemos que es falso. En el amor romántico no caben las personas mayores, porque veremos la representación constante en parejas que además de ser heterosexuales, son jóvenes. Buscando imágenes para ilustrar esta nota, no pude encontrar alguna en la que se manifieste el romanticismo en personas indígenas o ¿acaso los indígenas no aman?

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En el romanticismo tampoco caben las personas que no encajan en el estándar de belleza prestablecido. Es más, con frecuencia se ridiculizan las expresiones amorosas en las que una mujer es más alta que su pareja masculina (porque los hombres deben ser más altos que las mujeres), o en las que aparece una persona con sobrepeso (seguramente es simpática o tiene dinero, porque si no ¿cómo se explica?), o con el clasismo que caracteriza a nuestra sociedad, hay que reírse al ver a una pareja que catalogamos como “naca” cuando dedica una canción de amor a su pareja.

Pero esto no es lo peor. El amor romántico ha perpetuado los roles estereotipados en los que a las mujeres se nos presenta como dadoras de afecto, obligadas a la belleza y a la pureza, necesitadas de protección (por eso hay que aspirar a tener “un hombre fuerte” a nuestro lado) y que debemos tener un papel pasivo. Los hombres deben mostrar la iniciativa y conquistar a las mujeres; a ellos les corresponde pagar la cuenta en las citas, comprar las flores y los dulces, así como determinar cuándo y de qué forma se expresará la vida sexual de la pareja. Y ambos papeles nos someten, nos encajonan y nos esclavizan.

Alguna vez, alguien me dijo “si quieres conquistar a un hombre, no le muestres que eres más inteligente que él. Los hombres son conquistadores por naturaleza así que, aunque seas más inteligente, deja que piense que él lo es.” Así que la receta del amor romántico es fingir, mentir y hacer promesas que no sabemos si podremos cumplir, y ¡ay de las mujeres talentosas e inteligentes porque su destino será la soledad!

Si hoy festejamos el amor y la amistad, festejemos aquél que se basa en el respeto y la libertad; aquél que nos permite crecer y ser; aquél que construimos a partir de lo que decidimos que queremos que sea nuestra experiencia amorosa.

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Redes sociales: la ventana que vulnera la privacidad de nuestrxs hijxs

Por Eurípides Blue

Al generar un correo electrónico o cuenta en redes sociales, cuando asistes a un evento académico o de esparcimiento, al abrir una cuenta bancaria o solicitar algún servicio, al adherirnos a una institución, etc., proporcionamos nuestros datos personales. El pasado 28 de enero se conmemoró el Día Internacional de Protección de Datos Personales, pero ¿por qué es tan importante protegerlos?

Según la Comisión Europea, los datos personales son “toda información sobre una persona física identificada o identificable; se considerará identificable toda persona cuya identidad pueda determinarse, directa o indirectamente, en particular mediante un número de identificación o uno o varios elementos específicos, característicos de su identidad física, fisiológica, psíquica, económica, cultural o social.” Cada persona cuenta con un conjunto de información que puede vulnerarnos en caso de caer en manos equivocadas.

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Imaginemos que vamos a una entrevista laboral. Regularmente nos solicitan documentos como: acta de nacimiento, CURP, número de seguridad social, comprobante de domicilio, etc. Ahora, imaginemos que ese hermoso folder color amarillo se nos olvida en el asiento del taxi. En el mejor de los casos, el o la conductora del taxi se ve buena onda y entre sus viajes, te devuelve los documentos. En el peor, esa información puede ser utilizada para extorsionar, suplantar tu identidad, secuestrarte o a alguno de tus familiares, dar de alta servicios que nunca contratarías, cometer fraudes, utilizar tu crédito para la vivienda y otras cosas más podridas que ya no quiero mencionar.

Por eso, sería un buen ejercicio como titulares de la información, observar cuántas veces y qué tipo de datos proporcionamos. Veamos los más comunes:

  • Nombre, origen étnico y racial, lengua materna, domicilio, teléfono, correo electrónico, firma, contraseñas, RFC, CURP, fecha de nacimiento, edad, nacionalidad Estado civil, escuelas, calificaciones, títulos, certificados, diplomas.
  • Trabajo. Institución o empresa donde trabajas, cargo, domicilio, correo electrónico.
  • Patrimonio. Sueldo o salario, impuestos, cualquier tipo de crédito, tarjetas de débito, cheques, Afore.
  • Ideología. Religión afiliación o preferencia política, sindical, etc.
  • Estado de salud, historial y estudios clínicos, enfermedades, tratamientos médicos, embarazos, condición psicológica y/o psiquiátrica.
  • Características físicas. Tipo de sangre, ADN, huella digital, registro de voz, imagen dental, etc.

Ya definida la materia legal, analicemos nuestro comportamiento en redes sociales. Frecuentemente compartimos información de lo bien que la pasamos con lxs amigos, en los viajes, el trabajo y con la familia. He aquí un punto importante: anteriormente mencionamos que somos lxs titulares de la información, pero ¿qué sucede con nuestros infantes? ¿en qué momento les pedimos autorización para publicar sus datos, imágenes, audios y demás?

Cuando mostramos continuamente la vida de nuestrxs hijxs o integrantes de nuestra familia menores de edad en redes sociales, se le denomina SHARENTING, que es un anglicismo que proviene de share (compartir) y parenting (paternidad). Esta práctica puede parecer inofensiva, pero pensemos que en la red, la información pierde regulación además de que estamos cediendo derecho de réplica y de privacidad a personas desconocidas. Al publicar una foto generamos una “huella digital” que puede no gustarle a nuestrxs hijxs cuando sean personas adultas, sin mencionar que los fraudes y el robo de identidad están a la orden del día debido a que se publica información de lxs menores, facilitando la operación a gente mal intencionada. Un estudio reveló que si seguimos compartiendo demasiada información sucederán 7.4 millones de casos al año de robo de identidad para el 2030.

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Para darnos una idea de la cantidad de fotos que se comparten de niñas y niños, les dejo una cifra extraída del libro American Girls: Social Media and the Secret Life of Teenagers (escrito por la periodista estadounidense Nancy Jo Sales) donde deja ver claramente la nula privacidad que tienen lxs chicxs de hoy. El artículo asegura que antes de que lxs niñxs cumplan los 5 años, sus madres y padres ya han compartido cerca de 1,000 fotografías de ellxs en las redes sociales.

En estados Unidos, el 92% de los menores ya cuentan con una identidad digital; a los 2 años de edad, esta identidad puede generar memes, mismos que son objeto de burla, comentarios hirientes y a futuro pueden mermar la autoestima y crecimiento de los menores.

Como seres sociales, es sumamente importante generar vínculos con otras personas, pero al cuestionarnos si los más de 400 contactos que tenemos en nuestro Facebook valoran ese vínculo cercano con nuestros hijxs o si quieren ser parte de ello constantemente ¿a qué resultado llegas?

Así que, por ningún motivo es aconsejable compartir fotos, ni ningún tipo de datos de nuestrxs pequeñxs; en caso de que hagas uso de sitios gratuitos verifica que esta información se encuentre como privada y no como pública. Los datos personales son propiedad del titular y mientras lxs niñxs crecen, lxs tutores tienen la responsabilidad de salvaguardar su información.

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Nadie quiere que las fotos de los pequeños terminen en un sitio de pornografía infantil, en manos de secuestradores o que sean objeto de ciberbullying. Antes de publicar cualquier contenido de los menores, pregúntate si esto a largo plazo ocasionará un perjuicio irreparable en su vida.

Referencias

Camarena, S. (17 de agosto de 2018). Robo de identidad: mes y medio de pesadilla. Obtenido de El Financiero: https://www.elfinanciero.com.mx/opinion/salvador-camarena/mes-y-medio-de-pesadilla

Comisión Europea. (s/f). ¿Qué son los datos personales? Obtenido de Políticas, información y servicios: https://ec.europa.eu/info/law/law-topic/data-protection/reform/what-personal-data_es

Diario Oficial de la Federación. (5 de julio de 2010). Ley general de protección de datos personales en posesión de sujetos obligados. Obtenido de Cámara de Diputados: http://www.diputados.gob.mx/LeyesBiblio/pdf/LFPDPPP.pdf

Portaley. (24 de septiembre de 2018). El peligro de compartir en exceso datos personales en Internet. Obtenido de Abogados Portaley penal, civil e Internet: http://portaley.com/2018/09/el-peligro-de-compartir-en-exceso-datos-personales-en-internet/#

Prieto, P. (22 de enero de 2017). ¡Ten cuidado con el ‘sharenting’! Obtenido de La Opinión: https://laopinion.com/2017/01/22/ten-cuidado-con-el-sharenting/

UNICEF. (diciembre de 2017). Estado Mundial de la Infancia 2017. Niños en el mundo digital. Obtenido de https://www.unicef.org/spanish/publications/files/SOWC_2017_SP.pdf

Seguridad, justicia y paz para las mujeres

Por Nadia Sierra Campos

En los últimos días, más allá de lo que se comenta en las redes sociales o en voces de molestia que escuchamos sobre la escasez de gasolina, también ha sonado fuerte en medios de comunicación impresos y digitales temas como: #seguridadsinguerra, #noalamilitarización, #pazyseguridad, #nosinnosotras. Y es que se dicute por nuestros representantes populares (diputadxs federales, senadoras y senadores) la modificación a 13 artículos de la Constitución mexicana que pretenden dar regulación a la Guardia Nacional.

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Cabe aclarar que esa Guardia no es un asunto nuevo, ni que haya planteado crear el actual presidente de México; ya existía constitucionalmente, sólo que no tiene una reglamentación clara, pero tampoco se le había dotado de extra facultades que les permitieran a las fuerzas armadas (ejército y marina) actuar en labores de seguridad ciudadana o seguridad pública y menos, durante tiempos de paz (artículo 129.

Y es que seguramente este es un tema complejo, que divide y que confronta. Por un lado, estamos quienes aseguramos que un militar o un marino no generan certeza alguna de que hay seguridad en las calles, o ¿acaso no les ha pasado que ven un tanque del Ejército circulando cerca y se preguntan en qué momento se sueltan los balazos? Pero también están, con fundadas razones, quienes ante el hartazgo de las fechorías y crueles delitos que comete la delincuencia organizada piensan que es mejor que el ejército tome el control e incluso “mate a todxs”. Las vivencias y experiencias son muchas, pero la solución tiene que ser mayor e integral, mirando las atrocidades y aciertos, documentando los casos de éxito y fracaso.

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Desde hace por lo menos dos, sexenios las mujeres venimos señalando puntualmente el impacto que tiene la lucha contra la delincuencia organizada, el funcionamiento de la seguridad pública y ciudadana, y la relación entre actores armados, sean estatales o no, y las mujeres.

Gracias a ese esfuerzo, la ciudadanía se ha enterado de las incontables violaciones sexuales hacia niñas y mujeres (ahí está el reciente sentenciado caso “Atenco” en la Corte Interamericana de Derechos Humanos); del sufrimiento de las viudas, madres, novias, hijas, amigas que lloran la muerte de sus parientes, compañeras/os asesinadas/os o desparecidas/os en un conflicto que aún no encuentra fin; de las resistencias que enfrentan mujeres indígenas, campesinas y líderes rurales que defienden sus tierras y territorios; de las defensoras de derechos humanos que protestan contra la militarización, pero que sobre todo no encuentran respuesta alguna de seguridad por qué no la hay.

Por supuesto que se discute un plan emergente y urgente de seguridad, pero aún no se voltea a mirar a la mujeres. A esas 8,500 que en los últimos 9 años han sido desaparecidas, a las más de 10 mil que han sido asesinadas en los últimos 5 años, y a las otras tantas miles a las que la justicia no les ha hecho caso frente a las diversas violencias de género.

Si ya sabemos que la presencia de las fuerzas armadas no genera seguridad para ellas (nosotras) y por el contrario, tenemos testimonios como el de Valentina Rosendo Cantú o Inés Fernández Ortega, que fueron torturadas sexualmente por militares ¿por qué insistimos en un plan que los incorpore a “garantizar seguridad”?

No tengo la respuesta concreta, pero sí el trabajo decidido que diversas organizaciones de la sociedad civil como este Colectivo hemos encaminado a través de lo que denominamos Red Seguridad, Justicia y Paz para las Mujeres, en la que tenemos claro que requerimos un carácter eminentemente civil de una guardia nacional que realice las labores de seguridad pública y ciudadana.

Ayer (16 de enero de 2019) se avaló la reforma sin nuestra visión y aportes en la Cámara de Diputadxs; próximamente será discutida y votada en el Senado. Es importante que todas las mujeres, con conocimiento de causa o no, sean o hayan sido víctimas o no, con miedo o sin miedo, se sumen a nuestras voces y peticiones. Seguridad y justicia sin perspectiva de género harán que esas violencias machistas de todo tipo sean y sigan quedando impunes, pero sobre todo, que las mujeres sigamos ausentes en todo sentido.

La memoria histórica y lo que han padecido miles de mujeres en este país no debe repetirse, sufrimos las consecuencias de un combate fallido a la delincuencia organizada, de expedientes cargados de impunidad, de silencios no resueltos, pero sobre todo, arrastramos en nuestras conciencias el temor de si mañana no sucederá algo igual a mi hermana, la vecina, la compañera de trabajo o a la mujer que no conocemos que va en el autobús camino a su trabajo.

Sin duda, seguridad sin guerra no sólo significa que las fuerzas armadas no tomen control de los espacios públicos, sino implica que un plan integral de seguridad no puede ir sin el aporte de la otra mitad de la población, las mujeres, que aspiramos a la paz pero sobre todo a ejercer en todo sentido ese derecho de vivir libres de violencia y discriminación.

Tratemos de no ser indiferentes ante un tema tan sentido y vivido día a día. No es la discusión de aquéllos, es el debate de nosotras, con nosotras y para nosotras. Que la apatía y el desconocimiento no nos ganen.

Entre broma y broma, la verdad se asoma

Por Angeles Santiso

Platicando con mi padre en alguna ocasión -un hombre muy sabio, por cierto- me explicaba por qué es importante pedir disculpas independientemente de si hubo intención o no de hacer daño. El ejemplo que me dio fue:

Papá: Si una persona tiene un callo en el dedo chiquito del pie, y accidentalmente la pisas ¿le duele?

Yo: Sí.

Papá: Si una persona tiene un callo en el dedo chiquito del pie, y accidentalmente te tropiezas y la pisas exactamente ahí ¿le duele?

Yo: Sí…

Papá: Bien, pues haya sido tu intención o no lastimar a esa persona, la realidad es que lo que hiciste le dolió y por eso, hay que pedir disculpas. Lo que cambia en un caso y otro es el grado de responsabilidad que tienes al herir.

Yo creo que esta anécdota aplica para muchas situaciones y entre ellas están los chistes. Sí, los chistes, bromas, chistoretes, carrilla o como le queramos llamar. En más de una ocasión, los chistes que hacemos a costa de los demás les ofenden, lastiman y discriminan, además de generarles un sentimiento de “poca autoestima” porque “no eres capaz de aguantar un chiste”.

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En mi práctica clínica de ya 26 años, he escuchado historias de sufrimiento diversas y, entre ellas, el dolor que provoca tener algún tipo de marca en el cuerpo, cierta estatura, peso, color de piel, origen, orientación sexual y hasta profesión, y el dolor radica en ser estigmatizad@s por ello. Por supuesto, habrá quien piense que puede ser exagerado -e incluso chistoso- llegar a psicoterapia con este tipo de problemáticas, pero cuando se tiene la oportunidad de conocer y comprender el impacto que provoca en la vida de la gente, créanme, deja de serlo.

Más allá de los casos particulares, vale la pena señalar que la mayoría de los chistes tiene su origen en los estereotipos. Nos dice Sirio Possenti[1] que: “Una de las características de los chistes es que ellos oponen dos discursos, que se pueden caracterizar como positivo/negativo” como el ejemplo de macho/maricón. Siguiendo con las ideas de Possenti, dice que “los chistes que se fundan en estereotipos son siempre agresivos —utilizando la clasificación de Freud— y, por tanto, deben referirse a alguna diferencia construida en condiciones históricas de polémica.”

Efectivamente, Freud ya había dedicado tiempo al estudio de los chistes buscando explicar los motivos detrás de ellos entre los que se encuentran nuestros impulsos agresivos, tal como lo apunta Posseti. El asunto es que es más aceptado socialmente agredir a otra persona a través del chiste, que hacerlo directamente. Y aunque el chiste no esté dirigido a una persona en particular, retomemos la idea de que su base general son los estereotipos.

Los estereotipos y la discriminación no son lo mismo, pero existe una estrecha relación entre ellos. Un estereotipo es una representación cultural, una representación de cierto grupo de personas a partir de sus características. Los estereotipos facilitan nuestra interacción social ya que nos da una imagen provisional de aquell@s a quienes no conocemos a profundidad. Sin embargo, existen estereotipos que no sólo describen características de las personas, sino que transmiten visiones peyorativas de ellas o de los grupos a los que pertenecen. Y es aquí donde nuestros chistes se vuelven una fuente que normaliza la discriminación y la ofensa como práctica cotidiana.

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Pensar que todos los gallegos son estúpidos, que todas las rubias son tontas, que todos los hombres son iguales y que todas las mujeres son “histéricas” (por cierto, término mal empleado la mayoría de las veces) son generalizaciones que más allá de lo absurdo, contribuyen a generar creencias acerca de la gente. Luego entonces, un gallego será incapaz de comprenderme, jamás contrataría a una mujer rubia, no puedo confiar en los hombres y una mujer en un puesto de poder será una tontería porque es un ser emocional sobre todo si está “en sus días”. Por supuesto, no estoy mencionando chistes de:

  • Nac@s, que casi siempre se refieren a personas de tez morena, con una apariencia que se contrapone a la que nos venden como la ideal, muchas veces con rasgos indígenas.
  • Maricones, y maricón es sinónimo de débil y frágil “como mujercita” y, por supuesto, sinónimo de homosexual, lo cual se sigue considerando como malo.
  • Indi@s, chistes que casi siempre tienen que ver con personas indígenas como representación de ignorancia, vulgaridad y pobreza.
  • Feminazis, aludiendo a la lucha de mujeres feministas que, al parecerles que tienen una postura extrema, son comparadas con un movimiento racista que dio lugar a uno de los genocidios más crueles de la historia de la humanidad.

Y la lista podría seguir, pero ¿con esto quiero decir que no podemos hacer chistes y que debemos dejar de reírnos de los que escuchamos? La respuesta es no. El chiste tiene una función muy importante como medio para canalizar la angustia, y además nos produce placer. Mi propuesta es que evaluemos dos elementos: el contexto y el contenido. En cuanto al contexto, tiene que ver con el espacio y las personas con las que hacemos chistes. Un mismo chiste no se interpreta igual cuando lo hago con alguien que me conoce que con una persona desconocida; no se interpreta igual en un espacio privado que en uno público. El espacio privado se trata de un marco de confianza, privacidad y/o afecto en el que el chiste no ofende o si lo hace, tenemos la libertad de decirlo y esperar que no se repita, cosa que no ocurre fácilmente en el espacio público. En cuanto al contenido, obviamente tendríamos que evaluar si estamos humillando, ofendiendo o estigmatizando a otras personas. Recordemos que la expresión del chiste es una expresión cultural y, en consecuencia, es una perpetuación de ideas, costumbres y prácticas que no por ser tradicionales son sanas para el tejido social.

Aprovecho el espacio para pedir disculpas por las veces en que he ofendido a través de mis chistes, retomando la lección de mi padre. Y les invito a reír -y reír mucho- con un profundo respeto hacia las demás personas.

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[1] Possenti, Sirio, Estereotipos e identidad en los chistes. Cuicuilco [en linea] 2002, 9 (enero-abril). Disponible en: http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=35102412 ISSN 1405-7778

México ¿hospitalario?

Por Nadia Sierra Campos

Mirar desde lejos, hablar a distancia es la mitad del contenido de la historia. Estar de cerca y acompañar en el lugar forma parte de la otra mitad. Hoy, tengo la oportunidad de estar presente en un pequeño territorio con la grandeza del espíritu de su gente, en lo que puede llamarse el corazón de América; en la tierra de la admirada y extrañada Bertha Cáceres.

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Foto: Nadia Sierra

Al pisar sus montañas y lo verde de éstas, es imposible dejar de admirar la belleza que envuelve a Honduras. Aquí, al igual que en el resto de los territorios de nuestra América, hablamos de cultura, de historia, de recursos naturales, de pueblos luchando.

De eso último quiero hablar. De pueblos luchando. Gente sobreviviendo, mujeres, hombres, jóvenes, niñez buscando esperanza. No es un secreto que en este país persisten altos niveles de desigualdad y exclusión social que afectan a grandes sectores de la población. Hay graves dificultades y desafíos en el acceso a necesidades básicas, oportunidades de empleo y medios de supervivencia. Si a ello le sumamos el ambiente de violencia social, impunidad, corrupción y la ausencia de transparencia en el uso de los recursos públicos, entendemos que la vida para una gran parte de la población es material y espiritualmente imposible. Esas son sin duda las principales razones de la migración de la población hondureña.

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He llegado hasta acá con la bandera que me acompaña hace más de 25 años: los derechos humanos, pero ¿cómo hablar de la utopía frente a las crudas realidades? El día que aterricé salía del país un grupo de aproximadamente mil personas de distintas edades y regiones con rumbo a Estados Unidos de América, en busca del sueño americano, caminando con rumbo al norte con sólo una mochila, hay quienes iban en parejas de amigos o vecinos, muchas madres con sus hijas/os pequeñas/os, hombres que tienen la ilusión de mandar dinero a las familias que dejan y así, decenas de personas con múltiples historias que contar. Las autoridades no tienen claro cuántas personas salieron, ni cuántas se unieron en el camino. El día que iniciaron su trayecto se pensaba que al llegar a la frontera con Guatemala desistirían ya que existía la amenaza de que quien no contara o cumpliera con los requisitos migratorios de ingreso no podrían pasar a ese país, sin embargo, la atinada intervención de la defensoría de los derechos humanos de Guatemala hizo posible que las puertas de la frontera fueran abiertas el lunes a mediodía.

Otras personas no hondureñas, pero provenientes del famoso triángulo norte, se han unido; otras, al ver el fenómeno social de la movilización, están saliendo desde otros puntos de Honduras, de tal suerte que no sabemos aún la magnitud de esta movilización. Entre el martes y el miércoles la caravana caminó por Guatemala; se calcula que el jueves al mediodía estarán llegando a la frontera con México (Tapachula). Las autoridades mexicanas se han pronunciado por vigilar el cumplimiento de la normatividad migratoria, y la pregunta es cuál ¿la restrictiva que obliga a portar documentos y tramitar una visa? o la humanitaria que entiende que existe para todas las personas un derecho a la movilidad y a migrar; esa que garantiza que aún sin reunir los requisitos, la gente alcance la protección internacional de asilo o refugio cuando se encuentre en situación de gran vulnerabilidad o su vida se encuentre en peligro, como es el caso.

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Ya el gobernador de Chiapas en su discurso ha manifestado que los albergues están listos para recibir a las hermanas y hermanos hondureños, la otra interrogante es ¿quién les abrirá la puerta de la frontera sur? México también es un país de grandes desigualdades económicas, sociales, políticas y culturales, pero no puede negar ese espíritu hospitalario que en otros momentos le ha acompañado, por ejemplo, en la época de las dictaduras en Latinoamérica. Esperemos que esta ocasión no sea la excepción.

Seguro que podemos advertir desde hace un rato una crisis migratoria, no sólo propia, sino la que compartimos con otros países, particularmente de Centroamérica, pero cuando la vecina, vecino, tienen hambre, frío, sed o miedo no podemos ser indiferentes y solo cerrar con llave para no enterarnos de lo que pasa. Quizá las noticias en mi país natal aún no revelen la situación, pero debemos hacernos conscientes de lo que está sucediendo y empezar a actuar con empatía.

Desde acá espero que México sea hospitalario y no reprima, no deporte, no maltrate, no permita que se desaparezca, esclavice o mate a ninguna de las personas que integran esta gran caravana de ejemplo, lucha, persistencia y sueño. Que la solidaridad siempre nos alcance.

Mi cuerpo es mi propiedad, es mi espacio…no es público

Por Nadia Sierra Campos

En México está reconocido que la violencia sexual está expresada de muy distintas maneras; va desde silbidos o ruidos, comentarios sexuales, exhibicionismo, masturbación pública, tocamientos hasta la imposición de la cópula a través de violencia física o moral, entre otras. Mucho se ha hablado sobre la intención de todas esas acciones, pero ella no importa respecto de la persona agresora, pues en el fondo lo que debe valorarse y creerse es que frente a una acción sexual explícita o implícita indeseada por parte de quien la recibe ya es como tal una forma de agresión sexual y lamentablemente, en la mayoría de las ocasiones se dice que las mujeres somos unas exageradas.

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No existen cifras coincidentes, ni reales sobre la prevalencia del acoso, abuso o violencia sexual, y quizá eso se debe por un lado a que no todas las agresiones sexuales son denunciadas y por otro, que no todas ellas se reconocen como tal. Sin embargo, es un tema latente desde hace un par de décadas que incluso ha motivado el cambio en las legislaciones, particularmente penales, pero por ejemplo al día de hoy no tenemos tipificado el acoso sexual callejero, como sí ocurre en Chile.

Sin minimizar el impacto de otras formas de agresión sexual, voy a referirme a este acoso en el transporte o la vía pública, que de acuerdo a algunas cifras se dice que la forma más habitual de acoso sexual se presenta en formas de miradas que incomodan, seguida de tocamientos, abrazos o besos que no son bienvenidos. Y las noticias sobre este tipo de agresiones se suceden y no es que se produzcan más de ellos, es que ahora los medios han puesto mayor atención sobre estos y las personas cada vez más los identifican y los repelen. Sin embargo, se queda hasta ahí pues, aunque existen instancias administrativas de sanción difícilmente se denuncian, sea por desconocimiento, por que implica mayor inversión de tiempo o por la apatía de que al final nada va a suceder a las personas agresoras.

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Este tipo de acoso en su mayoría proviene de una persona desconocida, con la cual no se establece un vínculo estable, duradero y seguro, alguien con quien no se ha establecido intimidad y que por lo tanto sus comentarios, su cercanía física o su contacto debieran considerarse incómodos o amenazantes. Cuando alguien, en un espacio público experimenta comentarios acerca de su cuerpo, tocamientos o acercamientos por parte de alguien que no participa de su esfera íntima, sentirá transgredido su espacio físico y psicológico, empujándola a simbolizar su cuerpo como un objeto público, que puede ser tocado y comentado libremente; a la vez, quien impunemente realiza estos actos ve confirmada su creencia de que tocar o influir sobre el cuerpo de otras personas, casi siempre mujeres, es algo normal.

Sin duda detrás de todo ello están implícitas las relaciones de poder, la falsa idea de la subordinación de las mujeres y por supuesto, el machismo. Si tomamos en cuenta que el acoso sexual en los espacios públicos es ejercido mayoritariamente por hombres a mujeres, y aún más claramente, por roles masculinos a roles femeninos, el tema de la connotación sexual se constituye como un acto de dominación masculina. La dimensión de connotación sexual del acoso traslada lo privado a lo público, lo que supone una reafirmación de los roles tradicionales masculino-femenino.

El hecho de que estas conductas no sean sancionadas, brinda la idea de que el espacio público es de dominio masculino y que sobre los cuerpos se puede disponer, como si fuésemos estatuas, pero incluso a esas se les pone una etiqueta de prohibido tocar. Es por ello que, además de ser un acto de violencia física o verbal, el acoso es una acto de violencia simbólica.

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Quizá el fenómeno haya sido poco estudiado, sin embargo, es excesivamente sufrido por las mujeres, quienes todos los días tienen que padecer los piropos, miradas lascivas o “arrimones” de los hombres en el transporte público o en la calle. Falsa es la frase de “muchacha, date a respetar” cuando quienes no han aprendido a respetar son ellos.

Mucho hemos avanzado en la teoría en materia de igualdad jurídica, poco menos en materia de igualdad de oportunidades entre mujeres y hombres pero aún quedan desigualdades que abordar dentro y fuera de los espacios privados.

Seguro es que desde el ámbito educativo hay que reforzar la igualdad de género y la defensa de los derechos humanos, para dar respuesta a las exigencias en el ámbito de la responsabilidad social. Pero también en los ámbitos de las políticas públicas y la justicia muchos pendientes quedan por hacer para no invisibilizar y no dejar en la impunidad. Las mujeres somos dueñas de nuestros cuerpos y de las decisiones que tomemos y merecemos que se nos respete. Que se entienda que cuando decimos que no, es NO.

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Soy María

Por: Angeles Santiso

Mi primer nombre es María y a lo largo de mi vida me encontré con diversas expresiones en torno a él como “pareces María de semáforo” o “corre como María”. Pero ¿a qué se refieren esas frases? En México es común ver a mujeres ataviadas con trajes multicolores, muchas de ellas mazahuas, vendiendo diversidad de mercancías como chicles, fruta o muñecas, esas que se volvieron tan representativas de nuestro país conocidas como Marías. Existen varias versiones del porqué se llaman así, pero el punto al que quiero llegar es que lo más común es generalizar el nombre de María a aquellas mujeres que las venden, y hasta ahí pareciera que no pasa nada. Sin embargo, regresando a las frases con las que inicié este texto, decir que “pareces María de semáforo” hace referencia a parecer una mujer indígena (o para muchas personas, india) lo cual no es bien visto, ni digno, ni hermoso. Ser una María es ser india, y ser india es ser ignorante, pobre y…naca. Por eso, “correr como María” revela la gran ignorancia de las mujeres indígenas que, al migrar de sus comunidades a las grandes urbes, corrían despavoridas entre los autos -los cuales desconocían- y a la vista de los transeúntes citadinos, el espectáculo era sumamente gracioso.

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Ser María también es naco, otro término del cual se desconoce el origen exacto. En el ensayo “Días de guardar”, Carlos Monsiváis señaló que el término probablemente proviene de la palabra totonaco, pueblo indígena de origen veracruzano, y que se empezó a usar para describir de forma despectiva “lo que el mestizaje no disipa: los rasgos de origen indígena, el signo de la raza de bronce”. Lo que es cierto es que naco se emplea cotidianamente para referirse con desprecio a otra persona que, entre otras características, parece de origen indígena. Y ¿qué decir de la palabra indio? En muchas partes de nuestro país se usa para referirse a personas indígenas, y se usa como insulto.

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Seguramente quienes me leen, pueden concluir un factor en común entre ser María, india y naca, que es ser indígena. Y es verdaderamente triste despreciar nuestro origen, porque los pueblos indígenas son en buena medida eso: nuestra raíz. Por otro lado, resulta indignante darnos cuenta que gran cantidad de indígenas viven en situación de pobreza porque se les ha despojado de sus tierras y debido a ello, han tenido que migrar de sus lugares de origen para obtener recursos para subsistir. Y podría citar muchas otras injusticias que viven cotidianamente por diversos factores, pero tú y yo contribuimos a su experiencia de discriminación cada vez que les tratamos como personas inferiores, cada vez que nos burlamos por ser diferentes, cada vez que los nombramos no para honrarlos sino para usarlos como referencia de lo indigno.

La mayor parte de la gente me identifica por mi apellido; yo me autonombro Angeles, pero mi nombre completo es María de los Angeles. Sí, también soy María. Y si María, india y naca se asocia a ser indígena, hoy me declaro orgullosa portadora de mi nombre. En este Día Internacional de los Pueblos Indígenas, les invito a reflexionar acerca de la gran riqueza que nos ofrecen las diferencias, y la igualdad que nos une: ser personas con los mismos derechos. Ya dejemos de lado el racismo que tanto nos daña.

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Referencia

Monsiváis, C. (1970). Días de guardar. México: Era.

Por mi raza que ha sufrido tanto

Por: Eurípides Blue

“Duerme, duerme negrito que tu mama está en el campo negrito…y si el negro no se duerme viene el diablo blanco…” (Canción popular)

Como cualquier persona, tengo hábitos y uno de ellos es salir a comer con un grupo reducido de amistades del trabajo con quienes comparto más allá de una comida algunas bromas o pensamientos para aderezar nuestros alimentos. Pero la cereza del pastel se da lugar cuando alguien comparte lo que realmente siente quitándose la máscara por unos segundos, cuando afloran sus reflexiones sobre sus vivencias contrastadas con lo que han aprendido de la literatura o del diálogo de otr@s.

Y analizando el discurso de uno de mis acompañantes no puedo dejar de pensar que no importa el nivel de estudios, la edad o el nivel socioeconómico, en nuestro país existe un racismo que constantemente negamos y al no reconocerlo disminuimos nuestro margen de acción para modificarlo. Al cerrar ojos y oídos no permitimos que las diferencias nos dignifiquen y nos hagan crecer, sino todo lo contrario, consideramos que el tono de piel es un símbolo de inteligencia, educación, estatus o vergüenza.

“A los güeros se les facilita la vida y les va mejor que a los negros esclavos que trabajamos en este lugar”. Probablemente quien me lee se está imaginando al autor de dicho comentario como una persona de piel muy oscura y rasgos que distan de los protagonistas de las telenovelas mexicanas, pero no: es un mexicano resultante del mestizaje, así como tú o yo. Pero el comentario me recordó cuando nuestro ex presidente Fox declaró en 2005: “Están haciendo trabajos que ni siquiera los negros quieren hacer”, según él exaltando la valía de la población mexicana en Estados Unidos comparándonos con la comunidad negra.

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Si bien es cierto en México nadie admite ser racista, el CONAPRED nos reportó en ese mismo año que 40% de las y los mexicanos se aliarían con otras personas para requerir que no se sitúen cerca de su comunidad un grupo de indígenas, ya que el 43% piensa que son personas limitadas socialmente por sus características raciales.

Acudiendo a la Real Academia Española, racismo se define como la “exacerbación del sentido racial de un grupo que suele motivar la discriminación o persecución de otro u otros con los que convive.” Desde otras posturas, racismo es un miedo irracional, prejuicioso y hostil; desde mi perspectiva, racismo es un imaginario colectivo generador de diferencias de las cuales un grupo saca provecho de otro.

Para ser más específica en cuanto a racismo, hablaré de la población negra en México que es minoritaria y se encuentra entre las comunidades más marginadas del país. Las comunidades negras en Oaxaca Guerrero y Veracruz padecen el mal de ser culpadas de sus males.

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Los primeros habitantes negros esclavos llegaron a México a las costas de Veracruz (los legales que pagan impuesto a la corona) y Acapulco (los traficados) siendo pieza fundamental en la colonización.

En aquel entonces, las epidemias y otros factores mermaron a la población indígena que en un principio fue mano de obra para los españoles y como solución se optó por traer a personas negras que vivían en esclavitud para trabajar en los campos de caña o desarrollar otras actividades de un alto requerimiento físico.

Gonzalo Aguirre Beltrán fue el primero en demostrar que en los siglos XVI y XVII esa población fue el segundo grupo más importante en la Nueva España, en términos sociales, económicos y culturales. Ya en 1810 cuando se inició la guerra para la Independencia, la población indígena de México representaba el 60% de la población total contra un 38% compuesto por criollos y mestizos; el número de negras y negros era apenas del 0.1% (paradójicamente era el mismo porcentaje de españoles europeos que residían en el país.) Entonces, por qué los libros de texto no perfilan más historias de la comunidad negra como la del personaje Gaspar Yanga, un negro que tras huir de los campos de caña hacia las llanuras de Veracruz fundó una comunidad de negr@s e indígenas, libres. Pero sí tenemos la historia de la Mulata de Córdoba a la que se le encerró por brujería y escapó de su encierro utilizando sus dotes de hechicera. Sin irnos tan lejos, poco se menciona en la educación primaria que Vicente Guerrero y José María Morelos tenían ascendencia africana.

Esto revela que el mestizaje fue una invención de los liberales criollos para construir al “ciudadano” a finales de la Independencia; y mucho se perdió cuando se instauró. El negro o la negra esclav@s podían asegurar la libertad de su estirpe si se mezclaban con otr@s que en la conformación de castas era libre. En esa mezcla se desdibujaron los rasgos de la comunidad negra, pero se interiorizaron en la población que hoy desconoce parte de su genética e historia.

La población negra busca su reconocimiento constitucional y visibilidad estadística y jurídica. “Tú puedes haber tenido una abuela negra y sentirte negra, aunque no lo parezcas”. No sólo es un una cuestión de tono de piel sino de sentirse parte del colectivo.

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Parte de la riqueza cultural que nos han dado se refleja en la música como los sones jarochos, la comida, las danzas y la estética (como los diablitos) todas ellas aportación importante de las personas africanas y negras.

Pero ser negro o negra en México es inadmisible o increíble y prueba de ello son las deportaciones de ciudadan@s mexicanos que, según las autoridades migratorias, el ejército o la policía no parecen mexican@s pues en México no hay negr@s, y estas personas son enviadas a lugares como Haití o detenidas durante días y bajo presión para aceptar una condición de extranjer@s… en su país.

Si la población afromexicana constituye el 1.2% de la población nacional, por lo menos deberían de tener a alguien en la legislatura que se asume como su representante y hasta el momento no hay quien dignifique su ancestralidad… nuestra ancestralidad.

“La historia la escriben los ganadores” dice la frase, y si actualmente vivimos en un momento donde la democracia y los cambios se están dando no sería impensable que un estado de respeto, reconocimiento y fomento de la multiculturalidad floreciera con el aporte de cada un@ de nosotr@s.

Referencias:

La presencia del negro en México, Revista del CESLA, núm. 7, 2005

http://www.redalyc.org/pdf/2433/243320976020.pdf

El racismo y su negación en México

https://www.animalpolitico.com/blogueros-blog-invitado/2018/02/06/racismo-negacion-mexico/

Comunidad negra en México pide reconocimiento constitucional

http://www.losangelespress.org/comunidad-negra-en-mexico-pide-reconocimiento-constitucional/

Los negros de México que han sido “borrados de la historia”

http://www.bbc.com/mundo/noticias/2016/04/160410_cultura_mexico_comunidad_negra_discriminacion_wbm

Afromexicanos: La discriminación visible – Proceso

https://www.proceso.com.mx/480201/afromexicanos-la-discriminacion-visible

 

Si no somos nostrxs, entonces quién

Por: Nadia Sierra Campos

El 17 de mayo de 1990 la Asamblea General de la Organización Mundial de la Salud (OMS) suprimió la homosexualidad de la lista de enfermedades mentales. Con este hecho se pretendía acabar con casi un siglo de homofobia médica. Es por ello que este día constituye una fecha histórica y un símbolo fuerte: DÍA INTERNACIONAL DE LUCHA CONTRA LA HOMOFOBIA.

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Tres años después de ese suceso nació AQUESEX (Asociación Queretana de Educación para las Sexualidades Humanas, A.C.), la organización en la que me descubrí como parte del activismo, la que me forjó para la lucha por el reconocimiento de los derechos, en la que encontré un pedazo de mi familia elegida y en la que abiertamente me reconocí lesbiana.

Pensar en educación para las sexualidades en una entidad relativamente pequeña, con apenas un millón de habitantes (hoy son el doble), con un profundo arraigo a la familia nuclear (mamá, papa, hijxs, barda blanca y perrito), de un conservadurismo extremo y con tabúes tatuados hasta los sesos, se vislumbraba inalcanzable; sin embargo, quienes asumieron esa tarea (de manera muy particular Elizabeth Contreras) lo hicieron con la convicción de que si no éramos nosotras entonces quién.

No ingresé desde los inicios, llegué ahí cinco años después cuando estaba a la mitad de la carrera de Derecho. En aquel entonces era una convencida de que me dedicaría al derecho penal, que trabajaría en un despacho de renombre en la entidad y que me dedicaría a las causas justas -ya pensaba en las víctimas-. Pero entrar al mundo de las sexualidades me hizo cambiar el rumbo ¡afortunadamente! pues a pesar de que el derecho penal sigue siendo una de mis pasiones, también resultó que decidí auto adscribirme como defensora de derechos humanos.

Trabajar de cerca con jóvenes y mujeres me abrió las puertas de un mundo desconocido pero real: la desigualdad, las inequidades y las discriminaciones estaban presentes en cada tema que abordábamos y en cada lugar en el que estuviera; fue la determinación de transformar a la sociedad queretana en una pacífica, armónica y respetuosa la que me hizo enfocarme a trabajar por los derechos humanos.

Todo marchaba relativamente bien desde ese espacio que construíamos para nosotrxs y para el resto, dábamos talleres, conferencias, viajábamos, aprendíamos, disfrutábamos y una sacudida nos llego en el 2005: el 21 de junio asesinaron a nuestro secretario, amigo, colega y compañero de organización Octavio Acuña. Hoy su ejecución no ha sido esclarecida. Con un mágico y absurdo carpetazo la entonces Procuraduría de Justicia cerró el caso; para nosotrxs que seguimos exigiendo el cese a la impunidad de este delito cada vez es más claro que fue un homicidio de odio por homofobia.

Muchas organizaciones y activistas defensores de derechos humanos en Querétaro se replegaron por el temor de ser lxs siguientes recriminadxs, encarceladxs e incluso asesinadxs. Nosotrxs y al menos yo no dimos un paso atrás, por el contrario, este atroz hecho nos dio fuerza para exigir y trabajar con mayor vehemencia.

Al año siguiente, en el marco del 17 de mayo y a punto de cumplirse el primer aniversario del homicidio de Octavio salimos por primera vez a las calles del centro de la capital en una marcha silenciosa contra la lesbo, homo, bi, transfobia y para exigir el esclarecimiento de ese delito; éramos apenas 50 personas, no era la cantidad, eran la solidaridad y el coraje lo que nos tenía ahí. Así, cada año se siguió organizando la marcha, acompañada de una jornada de trabajo con talleres, conferencias, stands informativos, eventos artísticos y culturales. La última vez que se realizó (2016) éramos alrededor de 5,000 heterosexuales, bisexuales, asexuales, lesbianas, gays, personas trans, niñas, niños, adolescentes, adultos y personas mayores marchando, pidiendo reconocimiento y respeto a nuestros derechos.

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La marcha en sí misma no representa más que la capacidad de convocatoria del Comité que conformamos un grupo de activistas y amigxs; irrumpimos al consevadurismo para manifestar nuestros afectos, preferencias, orientación e identidad abierta y públicamente. Cuando miro en retrospectiva me siento orgullosa de todo lo que construimos y se sigue construyendo. Hace 13 años Octavio fue señalado por tomar de la mano a su pareja en una plaza pública, hoy las parejas del mismo sexo en Querétaro pueden transitar libremente de la mano, besarse, sin que ningún policía ni alguna autoridad les amedrente, sabiendo que además se ha generado un marco jurídico que les protege y que ante cualquier amenaza a esa libertad hay una sanción. También desde hace tres años pueden contraer matrimonio, con acciones legales, pero las batallas se han ganado.

Asumir abiertamente mi preferencia sexual, casarme en una plaza pública con mi esposa, ser candidata a diputada local sin esconderme, proponiendo trabajo legislativo a favor del colectivo LGBTI+, reconocer que era una privilegiada que como abogada podía trabajar distinto me hace reafirmar que las cosas no se dan por casualidad, hay una causa y una consecuencia. Quizá si yo no fuera lesbiana no sería activista y si no fuera activista a lo mejor no estaría trabajando para promover y defender los derechos humanos; todo ha sido una cadena de eslabones muy bien engarzados. Tal vez no he hecho mucho, pero sé que la persistencia, la convicción y la dignidad en alto nos llevan a lograr transformaciones.

Aún no tengo la fecha exacta de mi jubilación como activista, tal vez llegue pronto ese día, solo cuento con la claridad de que en cada espacio en el que me desempeño, sea público o privado, como socia, colaboradora o empleada debo trabajar por abatir las discriminaciones como una bandera que me acompaña en el camino y que lo seguiré haciendo por mí y por todxs mis amigxs. Estoy convencida de que el activismo y el servicio público no están peleados, que sociedad civil organizada, el gobierno y la sociedad en general puedan trabajar de la mano para lograr un país igualitario.

Desde hace más de un año participo activamente en Colectivo Paideia consiente de que la educación es el arma más sólida para defendernos de las injusticias, las desigualdades y los prejuicios. Nos hemos propuesto trabajar por la inclusión y el respeto a las diversidades. Si no educamos a nuestras sociedades en la igualdad, la convivencia armónica y el respeto ningún plan curricular formal o informal nos garantizará ser personas libres. Sirva el aporte en otras trincheras para seguir reeducando, porque si no somos nosotrxs, entonces quién.

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No se necesita ser lesbiana, gay, persona trans para rechazar las conductas homofóbicas. Yo decidí asumirlo como un compromiso y por que me atravesaba a nivel personal, pero estoy segura que tú heterosexual que me estás leyendo lo harás. Primero, porque al lado de ti tienes un hermano, una vecina, un amigo, una compañera de clases o de trabajo que pertenece al colectivo LGBTI+ y que no te gustaría que le cerraran las puertas por su preferencia sexual o identidad de género. Segundo, por que eres una persona consciente que puedas aportar un grano de arena para que este mundo sea uno mejor en el cual habitar.

La importancia de ser o hacer no radica en cómo lo haces y desde que acrónimo lo haces, más bien que te mueva ese corazón, ese amor por el otro/la otra. Espero que después de hoy menos personas sigan siendo molestadas en la escuela por parecer “maricas o machorras” (términos peyorativos que causan discriminación), que a nadie se le despida de su empleo por su preferencia sexual, que no se niegue un servicio por no parecer hombre o mujer, que las personas trans puedan trazarse un proyecto de vida, pero sobre todo espero que se entienda que el amor no discrimina y que el odio sí, tanto que hasta mata.

Si no somos nosotrxs, entonces quién.

Mamás multicolores

Por: Angeles Santiso

“Una madre perdona siempre; ha venido al mundo para esto.” Alejandro Dumas

Pienso en una sentencia como la de Alejandro Dumas y me pregunto ¿por qué una madre ha venido al mundo para perdonar siempre? ¿qué es lo que tiene que perdonar y por qué? Tal vez la respuesta esté en una concepción de la maternidad en la que se ha establecido que el rol de una mamá debe ser sufrido, abnegado, incondicional, amoroso, en el que debieran saber por instinto qué es lo que necesitan sus hijas o hijos, y podría continuar con la lista de deberes de una madre. Sin embargo, considero que histórica y culturalmente, les hemos dejado una carga prácticamente imposible de cumplir si seguimos con esa mirada acerca de la maternidad.

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Tradicionalmente, se ha considerado a la maternidad como un hecho natural o una especie de destino para todas las mujeres, gracias al cual podemos realizarnos y sentirnos completas lo que nos lleva a la conclusión lógica de que si no tenemos hijos biológicos, estamos incompletas y frustradas. Por otro lado, también se ha planteado la idea del instinto maternal gracias al cual toda madre sabe todo lo relacionado con la crianza sabia y correcta de su prole. Luego entonces, si una mamá no entiende las expresiones del bebé o al crecer, esa niña o niño manifiesta “mala conducta” ya sabemos a quién debemos resposabilizar; incluso justifica el comentario de muchos papás a los que he escuchado decir “ve a ver a tus hijos que se están portando mal” como si es@s hij@s existieran por generación espontánea sin participación alguna de ellos.

Pero ¿qué pasa cuando una madre no cumple con las características que he mencionado? Y más aún ¿qué pasa cuando una mujer decide no ser madre, o no ser madre biológica? Lo que he observado en mi práctica clínica es que muchas mujeres viven su maternidad con culpa y preocupación. Y también el no ser madres, o ser madres poco convencionales. ¿No será que estamos pretendiendo un ideal que además, no aplica para todas las mujeres?

La función materna implica una gran responsabilidad, bastante generosa por cierto. Pero no podemos dejar de lado que estamos hablando de personas, de seres individuales. Si una mujer decide ser madre no deja de ser persona, con sus propios deseos y aspiraciones, y sus propias luchas. Si una mujer decide no ser madre, no se queda inválida emocionalmente. Y si una mujer cumple con la función materna con quienes no son sus hij@s biológic@s, debiera ser considerada una madre con el mismo derecho de ser nombrada así que aquellas que han parido a sus hij@s, si es que así lo pretende.

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Como lo dijo Simone De Beauvoir “Una no nace, sino que se hace mujer”, y una no nace predeterminada para ser mamá y además, para ser una mamá perfecta. El peso de la cultura en la interpretación y valoración de la sexualidad y la genitalidad ha determinado un deber ser  en el que a la mujer se le asignan atributos desvalorizados hacia su cuerpo, con la compensación de que podrá incorporarse “a los núcleos humanos, con carta de ciudadanía en toda regla, mientras cumpla con la función materna” (Castellanos, 1984: 15)

Hoy, que en México se celebra el Día de las Madres, va mi reconocimiento a aquellas que lo planearon y decidieron ser mamás, a quienes no lo planearon y sin embargo, decidieron asumir su maternidad libremente, a quienes lo han hecho en compañía de una pareja y a quienes lo han hecho solas, a quienes no han parido pero eligieron ser mamás: tías, hermanas, abuelas, amigas; a quienes por responsabilidad y plan de vida, han decidido no ser madres, también a todas las que no he nombrado sus circunstancias. Y sobre todo, va mi aplauso a las mamás “imperfectas”, las que se desesperan, se desaniman, no saben qué hacer y tienen miedo, a las que se divierten con ese rol elegido, las que cometen errores y aceptan que así es la vida en realidad. A todas aquellas mujeres tan diversas como los colores, que ejercen su maternidad de manera responsable y realista, educando a mujeres y hombres como está en sus manos hacerlo, gracias.

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Referencias

Mujer que sabe latín. Lecturas Mexicanas, FCE, México, 1984.

Ávila, Y. (2004). Las mujeres frente a los espejos de la maternidad . Revista de Estudios de Género. La ventana, (20), 55-100.