Ser mujer y no morir en el intento

Por: Nadia Sierra Campos

Desde hace más de 100 años se ha seleccionado una fecha para conmemorar[1] el Día Internacional de la Mujer como señal de lucha en pro de la igualdad, la justicia, la paz y desarrollo para las mujeres de los cinco continentes. El 8 de marzo de 1975, en coincidencia con el año internacional de la mujer, fue la primera vez que se conmemoró este día inamovible y desde entonces, en todas las latitudes, cada año hacemos eco de la exigencia del cese a la discriminación y violencia de que somos objeto.

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La historia nos demuestra que en otros centenarios las mujeres han dado una batalla dura por alcanzar el estatuto legal de igualdad, y que fue el siglo XX el del reconocimiento de ellas, el de su revolución y el de su modelo teórico: una filosofía llamada feminismo. Es ahora, en el siglo XXI, en el que recordamos que nos queda aún mucho camino por recorrer para pasar de los derechos a los hechos. En distintos rincones del mundo las mujeres salen a las calles para alzar su voz por derechos tan básicos como acceso a la educación, la salud, el trabajo o la política; en otros, demandan un modelo social justo y democrático, que promueva políticas económicas igualitarias, empleo de calidad, el abatimiento de la pobreza o la violencia de género.

Aunado a lo anterior, desafortunadamente, vivimos día a día expectantes a los recortes que sufre la igualdad en todos los ámbitos: laboral, económico, político, educativo. Por si fuera poco, por alguna razón inexplicable, a las mujeres se nos exige demostrar que tenemos conocimientos, capacidades y destrezas para desempeñar un trabajo y gozar de igual salario que otros, que debemos ser quienes eduquemos a hombres respetuosos, que somos las responsables de poner límites para que no se nos ultraje física o sexualmente; que si queremos divertirnos debemos ser mujeres honestas y bien portadas, que si nos desaparecen o secuestran debemos tener una conducta intachable; que si nos violentan debemos ofrecer las pruebas para demostrarlo, en conclusión, que si queremos que se respeten nuestros derechos debemos demostrar que los tenemos y que gozamos de reputación para ejercerlos.

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Estamos viviendo momentos donde las acciones a favor de la igualdad caminan en paralelo y a la misma velocidad que se propaga el machismo persistente. Estamos en la época donde aquello que parecía haberse conquistado vuelve a correr peligro.

Sin embargo, frente a un panorama pesimista en el que para sobrevivir debe existir una voluntad de aguantar, habemos mujeres de distintas latitudes, estaturas, colores y lenguas dispuestas a no callar; donde las feministas, las progresistas e incluso las conservadoras, las del oriente o el occidente, las que viven en guerra o en paz, las de aquí y las de allá seguimos denunciando, alzando la voz y exigiendo el respeto irrestricto a nuestros derechos. Dispuestas a decir que somos libres porque escogemos nuestras alternativas, por que nadie nos controla, ni nadie nos mantiene en subordinación.

Invitamos a la otra mitad de la humanidad, a los hombres, a que sean conscientes de que con nuestra visibilidad ellos también ganan. Porque el mundo no camina al mismo ritmo ni parejo sin nosotras.

Las mujeres no hemos hecho la historia, la hemos vivido, y la seguiremos escribiendo con dignidad y en libertad.

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[1] Conmemorar es hacer memoria; celebrar hace referencia a festejar con una fiesta. Las mujeres conmemoramos, pues no tenemos  nada que celebrar en estas fechas