Del amor romántico y otros demonios

Por Angeles Santiso

Espero que disculpen el atrevimiento de hacer alusión a la obra de García Márquez con el título de este texto, pero es que cada vez estoy más convencida de que creer en el amor romántico como el eje central de la vida de pareja, generalmente da por resultado un verdadero infierno.

Y es que el amor romántico, para empezar, es idealización. Constantemente, recibimos un gran número de representaciones del amor “perfecto” con imágenes estereotipadas: las citas a la luz de las velas, las flores, los regalos, las miradas profundas, las sorpresas. El problema es que, cuando creemos que así debe ser porque así nos lo muestra la literatura, el cine, la publicidad, etc., pensamos que algo malo está ocurriendo con nuestra vida amorosa. ¿Cuántas parejas no han peleado porque un 14 de febrero no recibieron estas “muestras de amor”?

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Quienes nos hemos enamorado alguna vez, conocemos la mezcla de sentimientos y sensaciones que podemos experimentar, y también sabemos que esos sentimientos y sensaciones cambian, disminuyen, se transforman e incluso desaparecen. Con esto no quiero decir que los detalles amorosos están mal. Lo que me parece inadecuado es definir el amor a partir de esos detalles. Si nuestras parejas no son lo suficientemente creativas, o no les gusta festejar el 14 de febrero, o expresan el amor con actos concretos, entonces ¿no nos aman? Podría parecer exagerado, pero mi práctica clínica de casi 27 años me ha permitido acompañar a muchas personas sufriendo porque el romanticismo desapareció de su vida de pareja y, en consecuencia, sienten que ya no son amadxs, lo cual no necesariamente es cierto.

Por otro lado, el amor romántico perpetúa estereotipos que fomentan la desigualdad, la intolerancia e incluso la violencia. En la imagen del amor romántico generalmente la representación es heterosexual, como si enamorarse fuera una experiencia que sólo pueden experimentar una mujer con un hombre, lo cual sabemos que es falso. En el amor romántico no caben las personas mayores, porque veremos la representación constante en parejas que además de ser heterosexuales, son jóvenes. Buscando imágenes para ilustrar esta nota, no pude encontrar alguna en la que se manifieste el romanticismo en personas indígenas o ¿acaso los indígenas no aman?

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En el romanticismo tampoco caben las personas que no encajan en el estándar de belleza prestablecido. Es más, con frecuencia se ridiculizan las expresiones amorosas en las que una mujer es más alta que su pareja masculina (porque los hombres deben ser más altos que las mujeres), o en las que aparece una persona con sobrepeso (seguramente es simpática o tiene dinero, porque si no ¿cómo se explica?), o con el clasismo que caracteriza a nuestra sociedad, hay que reírse al ver a una pareja que catalogamos como “naca” cuando dedica una canción de amor a su pareja.

Pero esto no es lo peor. El amor romántico ha perpetuado los roles estereotipados en los que a las mujeres se nos presenta como dadoras de afecto, obligadas a la belleza y a la pureza, necesitadas de protección (por eso hay que aspirar a tener “un hombre fuerte” a nuestro lado) y que debemos tener un papel pasivo. Los hombres deben mostrar la iniciativa y conquistar a las mujeres; a ellos les corresponde pagar la cuenta en las citas, comprar las flores y los dulces, así como determinar cuándo y de qué forma se expresará la vida sexual de la pareja. Y ambos papeles nos someten, nos encajonan y nos esclavizan.

Alguna vez, alguien me dijo “si quieres conquistar a un hombre, no le muestres que eres más inteligente que él. Los hombres son conquistadores por naturaleza así que, aunque seas más inteligente, deja que piense que él lo es.” Así que la receta del amor romántico es fingir, mentir y hacer promesas que no sabemos si podremos cumplir, y ¡ay de las mujeres talentosas e inteligentes porque su destino será la soledad!

Si hoy festejamos el amor y la amistad, festejemos aquél que se basa en el respeto y la libertad; aquél que nos permite crecer y ser; aquél que construimos a partir de lo que decidimos que queremos que sea nuestra experiencia amorosa.

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Por mi raza que ha sufrido tanto

Por: Eurípides Blue

“Duerme, duerme negrito que tu mama está en el campo negrito…y si el negro no se duerme viene el diablo blanco…” (Canción popular)

Como cualquier persona, tengo hábitos y uno de ellos es salir a comer con un grupo reducido de amistades del trabajo con quienes comparto más allá de una comida algunas bromas o pensamientos para aderezar nuestros alimentos. Pero la cereza del pastel se da lugar cuando alguien comparte lo que realmente siente quitándose la máscara por unos segundos, cuando afloran sus reflexiones sobre sus vivencias contrastadas con lo que han aprendido de la literatura o del diálogo de otr@s.

Y analizando el discurso de uno de mis acompañantes no puedo dejar de pensar que no importa el nivel de estudios, la edad o el nivel socioeconómico, en nuestro país existe un racismo que constantemente negamos y al no reconocerlo disminuimos nuestro margen de acción para modificarlo. Al cerrar ojos y oídos no permitimos que las diferencias nos dignifiquen y nos hagan crecer, sino todo lo contrario, consideramos que el tono de piel es un símbolo de inteligencia, educación, estatus o vergüenza.

“A los güeros se les facilita la vida y les va mejor que a los negros esclavos que trabajamos en este lugar”. Probablemente quien me lee se está imaginando al autor de dicho comentario como una persona de piel muy oscura y rasgos que distan de los protagonistas de las telenovelas mexicanas, pero no: es un mexicano resultante del mestizaje, así como tú o yo. Pero el comentario me recordó cuando nuestro ex presidente Fox declaró en 2005: “Están haciendo trabajos que ni siquiera los negros quieren hacer”, según él exaltando la valía de la población mexicana en Estados Unidos comparándonos con la comunidad negra.

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Si bien es cierto en México nadie admite ser racista, el CONAPRED nos reportó en ese mismo año que 40% de las y los mexicanos se aliarían con otras personas para requerir que no se sitúen cerca de su comunidad un grupo de indígenas, ya que el 43% piensa que son personas limitadas socialmente por sus características raciales.

Acudiendo a la Real Academia Española, racismo se define como la “exacerbación del sentido racial de un grupo que suele motivar la discriminación o persecución de otro u otros con los que convive.” Desde otras posturas, racismo es un miedo irracional, prejuicioso y hostil; desde mi perspectiva, racismo es un imaginario colectivo generador de diferencias de las cuales un grupo saca provecho de otro.

Para ser más específica en cuanto a racismo, hablaré de la población negra en México que es minoritaria y se encuentra entre las comunidades más marginadas del país. Las comunidades negras en Oaxaca Guerrero y Veracruz padecen el mal de ser culpadas de sus males.

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Los primeros habitantes negros esclavos llegaron a México a las costas de Veracruz (los legales que pagan impuesto a la corona) y Acapulco (los traficados) siendo pieza fundamental en la colonización.

En aquel entonces, las epidemias y otros factores mermaron a la población indígena que en un principio fue mano de obra para los españoles y como solución se optó por traer a personas negras que vivían en esclavitud para trabajar en los campos de caña o desarrollar otras actividades de un alto requerimiento físico.

Gonzalo Aguirre Beltrán fue el primero en demostrar que en los siglos XVI y XVII esa población fue el segundo grupo más importante en la Nueva España, en términos sociales, económicos y culturales. Ya en 1810 cuando se inició la guerra para la Independencia, la población indígena de México representaba el 60% de la población total contra un 38% compuesto por criollos y mestizos; el número de negras y negros era apenas del 0.1% (paradójicamente era el mismo porcentaje de españoles europeos que residían en el país.) Entonces, por qué los libros de texto no perfilan más historias de la comunidad negra como la del personaje Gaspar Yanga, un negro que tras huir de los campos de caña hacia las llanuras de Veracruz fundó una comunidad de negr@s e indígenas, libres. Pero sí tenemos la historia de la Mulata de Córdoba a la que se le encerró por brujería y escapó de su encierro utilizando sus dotes de hechicera. Sin irnos tan lejos, poco se menciona en la educación primaria que Vicente Guerrero y José María Morelos tenían ascendencia africana.

Esto revela que el mestizaje fue una invención de los liberales criollos para construir al “ciudadano” a finales de la Independencia; y mucho se perdió cuando se instauró. El negro o la negra esclav@s podían asegurar la libertad de su estirpe si se mezclaban con otr@s que en la conformación de castas era libre. En esa mezcla se desdibujaron los rasgos de la comunidad negra, pero se interiorizaron en la población que hoy desconoce parte de su genética e historia.

La población negra busca su reconocimiento constitucional y visibilidad estadística y jurídica. “Tú puedes haber tenido una abuela negra y sentirte negra, aunque no lo parezcas”. No sólo es un una cuestión de tono de piel sino de sentirse parte del colectivo.

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Parte de la riqueza cultural que nos han dado se refleja en la música como los sones jarochos, la comida, las danzas y la estética (como los diablitos) todas ellas aportación importante de las personas africanas y negras.

Pero ser negro o negra en México es inadmisible o increíble y prueba de ello son las deportaciones de ciudadan@s mexicanos que, según las autoridades migratorias, el ejército o la policía no parecen mexican@s pues en México no hay negr@s, y estas personas son enviadas a lugares como Haití o detenidas durante días y bajo presión para aceptar una condición de extranjer@s… en su país.

Si la población afromexicana constituye el 1.2% de la población nacional, por lo menos deberían de tener a alguien en la legislatura que se asume como su representante y hasta el momento no hay quien dignifique su ancestralidad… nuestra ancestralidad.

“La historia la escriben los ganadores” dice la frase, y si actualmente vivimos en un momento donde la democracia y los cambios se están dando no sería impensable que un estado de respeto, reconocimiento y fomento de la multiculturalidad floreciera con el aporte de cada un@ de nosotr@s.

Referencias:

La presencia del negro en México, Revista del CESLA, núm. 7, 2005

http://www.redalyc.org/pdf/2433/243320976020.pdf

El racismo y su negación en México

https://www.animalpolitico.com/blogueros-blog-invitado/2018/02/06/racismo-negacion-mexico/

Comunidad negra en México pide reconocimiento constitucional

http://www.losangelespress.org/comunidad-negra-en-mexico-pide-reconocimiento-constitucional/

Los negros de México que han sido “borrados de la historia”

http://www.bbc.com/mundo/noticias/2016/04/160410_cultura_mexico_comunidad_negra_discriminacion_wbm

Afromexicanos: La discriminación visible – Proceso

https://www.proceso.com.mx/480201/afromexicanos-la-discriminacion-visible

 

Hablemos de aporofobia

Por: Verónica Estrada

Actualmente en nuestro país, el tema de las elecciones está en boca de tod@s. A veces sin un fundamento claro e informado, comentamos acerca de nuestras preferencias sobre l@s candidat@s que están en la contienda electoral y sus propuestas. Lo que me parece inquietante, es que usualmente en función de apoyar a un@ u otr@, caemos en comentarios discriminatorios olvidándonos que, ante todo, somos personas en un mismo colectivo, un mismo país, e inicia una guerra de opiniones y preferencias que al final no ayudan en lo absoluto en nuestras decisiones y terminan dividiéndonos aún más, generando una falta de empatía que nos lastima a tod@s.

Respecto a lo anterior, me ha llamado mucho la atención escuchar ciertos comentarios alusivos al tema de la pobreza, al miedo y aberración que provoca en algunas personas el hecho de al menos imaginarse en una situación como tal, y creo que en general puede ser una situación atemorizante para la mayoría, pues nadie quisiera encontrarse jamás en una situación de vulnerabilidad, pero hay de comentarios a comentarios.

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Hay comentarios alusivos a la preocupación y al enojo porque existe una marcada desigualdad -por lo menos en nuestro país-, a la injusticia e impotencia que provoca porque no se ha podido erradicar, ni hacer mucho al respecto, entre otras cosas. También existen muchas personas que suelen realizar comentarios discriminatorios y despectivos hacia quienes consideran “menos”; aquellas personas que se encuentran en condiciones más desfavorables en función de los bienes materiales, alardeando de su preparación académica y en general de las oportunidades que poseen. Como muchos actos discriminatorios, esto se normaliza e incluso es apoyado por varios sectores de la población que se consideran con un estatus social “alto”; sin embargo, hay implicaciones psicológicas dentro de este comportamiento y, aunque poco se habla de ello, su nombre es Aporafobia.

La aporafobia, es el miedo, la aversión y el rechazo a las personas pobres, un término que tiene su origen en la xenofobia y el racismo.  En este tipo de fobia, la recesión económica ha tomado un papel esencial, pues ha exacerbado el miedo a la pobreza porque nos hace ver que todas las personas somos vulnerables que, aun siendo el mejor empleado o empleada de la empresa más segura, de repente podemos quedarnos en la calle sin medios para subsistir. No obstante, para que este miedo se convierta en rechazo, existe un proceso mental en el cual se anula la compasión y la empatía. Este proceso es acompañado de la ideología que cada persona tiene, la cual se manifiesta al momento de señalar que los pobres son culpables de su pobreza, de un error individual y no como fruto de una condición estructural que deja a much@s sin recursos. Por tanto, en este tipo de ideología las personas en situación de pobreza son percibidas como una amenaza y, en consecuencia, se les persigue a modo de castigo.

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Pero, ¿por qué hay rechazo hacia la pobreza? Este sentimiento se origina en el autodesprecio por el “fracaso moral” que supone a la humanidad el hecho de que haya personas viviendo en condiciones precarias- o muy precarias- ; se crea desconfianza y su presencia no deja de recordarnos lo mal que estamos haciendo como sociedad. Vemos una realidad que siempre ha existido, pero que nos negamos a reconocer porque quizá no nos sentimos preparad@s para afrontarla y nuevamente entramos en un juego de responsabilidades culpando a quienes consideramos “pobres”.

No es necesario pensar en extremos cuando hablamos de pobreza, es decir, no solamente debemos traer a la mente a aquellas personas que no tienen ni hogar, pues también existen varios sectores de la población con diferencias económicas importantes y que muchas veces motivados por prejuicios, discriminamos y les lanzamos ataques verbales que usualmente son modismos peyorativos (nac@s, por ejemplo) para hacer notar una diferencia en torno al estatus socioeconómico.

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Como lo mencioné anteriormente, la condición de pobreza (en alguna forma) nos puede ocurrir a tod@s; nos hace sentir angustia por el futuro y preocupación de no contar con los recursos para vivir dignamente o de la manera en que nos gustaría vivir. Algunas veces con el afán de “encubrir” este aspecto, recurrimos a solucionarlo endeudándonos para adquirir bienes materiales para dar una imagen de estatus “alto”, para pertenecer a un sector diferente al que nosotros mismos rechazamos y he aquí donde vienen las complicaciones posteriores al no encontrar una salida para ello.

Considero importante reflexionar en que no sólo las cuestiones económicas agravan la situación de pobreza; también las actitudes que tenemos frente al problema, pues no olvidemos que un aspecto importante como personas, es justamente la condición que nos hace humanos; aquella donde cabe la solidaridad, la empatía por l@s otr@s y el respeto.

Nunca olvidaré una frase de una profesora que, al inicio de la clase nos dijo: “si existe algo que te molesta tanto, deberías pensar en qué hacer para cambiarlo”. Con pequeñas acciones- si te es posible- puedes proveer de alguna oportunidad de trabajo, por ejemplo, alguien que te ayude a limpiar tu automóvil, o que te ayude como la limpieza de tu casa, a cargar las bolsas en el súper, etc, considerando que esa persona que te ayuda o a quien le provees de una moneda por un servicio, no es menos que tú; simplemente, podría estar en desventaja.

Referencias

Adela Cortina, Aporofobia, el rechazo al pobre. Un desafío para la democracia. España 2017, editorial Paidós. Junio 12, 2018. Disponible en: https://www.planetadelibros.com/libros_contenido_extra/36/35365_Aporofobia_el_rechazo_al_pobre.pdf

El País, Enero de 2018. Aporofobia, el miedo al pobre que anula la empatía. Junio 12, 2018. Disponible en:

https://elpais.com/elpais/2018/01/03/opinion/1515000880_629504.html

Virginia Ávila Vázquez. La Aporofobia como delito de odio y discriminación. Mayo, 2017, Universidad Autónoma de Barcelona. Junio 12, 2018. Disponible en:

Si no somos nostrxs, entonces quién

Por: Nadia Sierra Campos

El 17 de mayo de 1990 la Asamblea General de la Organización Mundial de la Salud (OMS) suprimió la homosexualidad de la lista de enfermedades mentales. Con este hecho se pretendía acabar con casi un siglo de homofobia médica. Es por ello que este día constituye una fecha histórica y un símbolo fuerte: DÍA INTERNACIONAL DE LUCHA CONTRA LA HOMOFOBIA.

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Tres años después de ese suceso nació AQUESEX (Asociación Queretana de Educación para las Sexualidades Humanas, A.C.), la organización en la que me descubrí como parte del activismo, la que me forjó para la lucha por el reconocimiento de los derechos, en la que encontré un pedazo de mi familia elegida y en la que abiertamente me reconocí lesbiana.

Pensar en educación para las sexualidades en una entidad relativamente pequeña, con apenas un millón de habitantes (hoy son el doble), con un profundo arraigo a la familia nuclear (mamá, papa, hijxs, barda blanca y perrito), de un conservadurismo extremo y con tabúes tatuados hasta los sesos, se vislumbraba inalcanzable; sin embargo, quienes asumieron esa tarea (de manera muy particular Elizabeth Contreras) lo hicieron con la convicción de que si no éramos nosotras entonces quién.

No ingresé desde los inicios, llegué ahí cinco años después cuando estaba a la mitad de la carrera de Derecho. En aquel entonces era una convencida de que me dedicaría al derecho penal, que trabajaría en un despacho de renombre en la entidad y que me dedicaría a las causas justas -ya pensaba en las víctimas-. Pero entrar al mundo de las sexualidades me hizo cambiar el rumbo ¡afortunadamente! pues a pesar de que el derecho penal sigue siendo una de mis pasiones, también resultó que decidí auto adscribirme como defensora de derechos humanos.

Trabajar de cerca con jóvenes y mujeres me abrió las puertas de un mundo desconocido pero real: la desigualdad, las inequidades y las discriminaciones estaban presentes en cada tema que abordábamos y en cada lugar en el que estuviera; fue la determinación de transformar a la sociedad queretana en una pacífica, armónica y respetuosa la que me hizo enfocarme a trabajar por los derechos humanos.

Todo marchaba relativamente bien desde ese espacio que construíamos para nosotrxs y para el resto, dábamos talleres, conferencias, viajábamos, aprendíamos, disfrutábamos y una sacudida nos llego en el 2005: el 21 de junio asesinaron a nuestro secretario, amigo, colega y compañero de organización Octavio Acuña. Hoy su ejecución no ha sido esclarecida. Con un mágico y absurdo carpetazo la entonces Procuraduría de Justicia cerró el caso; para nosotrxs que seguimos exigiendo el cese a la impunidad de este delito cada vez es más claro que fue un homicidio de odio por homofobia.

Muchas organizaciones y activistas defensores de derechos humanos en Querétaro se replegaron por el temor de ser lxs siguientes recriminadxs, encarceladxs e incluso asesinadxs. Nosotrxs y al menos yo no dimos un paso atrás, por el contrario, este atroz hecho nos dio fuerza para exigir y trabajar con mayor vehemencia.

Al año siguiente, en el marco del 17 de mayo y a punto de cumplirse el primer aniversario del homicidio de Octavio salimos por primera vez a las calles del centro de la capital en una marcha silenciosa contra la lesbo, homo, bi, transfobia y para exigir el esclarecimiento de ese delito; éramos apenas 50 personas, no era la cantidad, eran la solidaridad y el coraje lo que nos tenía ahí. Así, cada año se siguió organizando la marcha, acompañada de una jornada de trabajo con talleres, conferencias, stands informativos, eventos artísticos y culturales. La última vez que se realizó (2016) éramos alrededor de 5,000 heterosexuales, bisexuales, asexuales, lesbianas, gays, personas trans, niñas, niños, adolescentes, adultos y personas mayores marchando, pidiendo reconocimiento y respeto a nuestros derechos.

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La marcha en sí misma no representa más que la capacidad de convocatoria del Comité que conformamos un grupo de activistas y amigxs; irrumpimos al consevadurismo para manifestar nuestros afectos, preferencias, orientación e identidad abierta y públicamente. Cuando miro en retrospectiva me siento orgullosa de todo lo que construimos y se sigue construyendo. Hace 13 años Octavio fue señalado por tomar de la mano a su pareja en una plaza pública, hoy las parejas del mismo sexo en Querétaro pueden transitar libremente de la mano, besarse, sin que ningún policía ni alguna autoridad les amedrente, sabiendo que además se ha generado un marco jurídico que les protege y que ante cualquier amenaza a esa libertad hay una sanción. También desde hace tres años pueden contraer matrimonio, con acciones legales, pero las batallas se han ganado.

Asumir abiertamente mi preferencia sexual, casarme en una plaza pública con mi esposa, ser candidata a diputada local sin esconderme, proponiendo trabajo legislativo a favor del colectivo LGBTI+, reconocer que era una privilegiada que como abogada podía trabajar distinto me hace reafirmar que las cosas no se dan por casualidad, hay una causa y una consecuencia. Quizá si yo no fuera lesbiana no sería activista y si no fuera activista a lo mejor no estaría trabajando para promover y defender los derechos humanos; todo ha sido una cadena de eslabones muy bien engarzados. Tal vez no he hecho mucho, pero sé que la persistencia, la convicción y la dignidad en alto nos llevan a lograr transformaciones.

Aún no tengo la fecha exacta de mi jubilación como activista, tal vez llegue pronto ese día, solo cuento con la claridad de que en cada espacio en el que me desempeño, sea público o privado, como socia, colaboradora o empleada debo trabajar por abatir las discriminaciones como una bandera que me acompaña en el camino y que lo seguiré haciendo por mí y por todxs mis amigxs. Estoy convencida de que el activismo y el servicio público no están peleados, que sociedad civil organizada, el gobierno y la sociedad en general puedan trabajar de la mano para lograr un país igualitario.

Desde hace más de un año participo activamente en Colectivo Paideia consiente de que la educación es el arma más sólida para defendernos de las injusticias, las desigualdades y los prejuicios. Nos hemos propuesto trabajar por la inclusión y el respeto a las diversidades. Si no educamos a nuestras sociedades en la igualdad, la convivencia armónica y el respeto ningún plan curricular formal o informal nos garantizará ser personas libres. Sirva el aporte en otras trincheras para seguir reeducando, porque si no somos nosotrxs, entonces quién.

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No se necesita ser lesbiana, gay, persona trans para rechazar las conductas homofóbicas. Yo decidí asumirlo como un compromiso y por que me atravesaba a nivel personal, pero estoy segura que tú heterosexual que me estás leyendo lo harás. Primero, porque al lado de ti tienes un hermano, una vecina, un amigo, una compañera de clases o de trabajo que pertenece al colectivo LGBTI+ y que no te gustaría que le cerraran las puertas por su preferencia sexual o identidad de género. Segundo, por que eres una persona consciente que puedas aportar un grano de arena para que este mundo sea uno mejor en el cual habitar.

La importancia de ser o hacer no radica en cómo lo haces y desde que acrónimo lo haces, más bien que te mueva ese corazón, ese amor por el otro/la otra. Espero que después de hoy menos personas sigan siendo molestadas en la escuela por parecer “maricas o machorras” (términos peyorativos que causan discriminación), que a nadie se le despida de su empleo por su preferencia sexual, que no se niegue un servicio por no parecer hombre o mujer, que las personas trans puedan trazarse un proyecto de vida, pero sobre todo espero que se entienda que el amor no discrimina y que el odio sí, tanto que hasta mata.

Si no somos nosotrxs, entonces quién.

Mamás multicolores

Por: Angeles Santiso

“Una madre perdona siempre; ha venido al mundo para esto.” Alejandro Dumas

Pienso en una sentencia como la de Alejandro Dumas y me pregunto ¿por qué una madre ha venido al mundo para perdonar siempre? ¿qué es lo que tiene que perdonar y por qué? Tal vez la respuesta esté en una concepción de la maternidad en la que se ha establecido que el rol de una mamá debe ser sufrido, abnegado, incondicional, amoroso, en el que debieran saber por instinto qué es lo que necesitan sus hijas o hijos, y podría continuar con la lista de deberes de una madre. Sin embargo, considero que histórica y culturalmente, les hemos dejado una carga prácticamente imposible de cumplir si seguimos con esa mirada acerca de la maternidad.

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Tradicionalmente, se ha considerado a la maternidad como un hecho natural o una especie de destino para todas las mujeres, gracias al cual podemos realizarnos y sentirnos completas lo que nos lleva a la conclusión lógica de que si no tenemos hijos biológicos, estamos incompletas y frustradas. Por otro lado, también se ha planteado la idea del instinto maternal gracias al cual toda madre sabe todo lo relacionado con la crianza sabia y correcta de su prole. Luego entonces, si una mamá no entiende las expresiones del bebé o al crecer, esa niña o niño manifiesta “mala conducta” ya sabemos a quién debemos resposabilizar; incluso justifica el comentario de muchos papás a los que he escuchado decir “ve a ver a tus hijos que se están portando mal” como si es@s hij@s existieran por generación espontánea sin participación alguna de ellos.

Pero ¿qué pasa cuando una madre no cumple con las características que he mencionado? Y más aún ¿qué pasa cuando una mujer decide no ser madre, o no ser madre biológica? Lo que he observado en mi práctica clínica es que muchas mujeres viven su maternidad con culpa y preocupación. Y también el no ser madres, o ser madres poco convencionales. ¿No será que estamos pretendiendo un ideal que además, no aplica para todas las mujeres?

La función materna implica una gran responsabilidad, bastante generosa por cierto. Pero no podemos dejar de lado que estamos hablando de personas, de seres individuales. Si una mujer decide ser madre no deja de ser persona, con sus propios deseos y aspiraciones, y sus propias luchas. Si una mujer decide no ser madre, no se queda inválida emocionalmente. Y si una mujer cumple con la función materna con quienes no son sus hij@s biológic@s, debiera ser considerada una madre con el mismo derecho de ser nombrada así que aquellas que han parido a sus hij@s, si es que así lo pretende.

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Como lo dijo Simone De Beauvoir “Una no nace, sino que se hace mujer”, y una no nace predeterminada para ser mamá y además, para ser una mamá perfecta. El peso de la cultura en la interpretación y valoración de la sexualidad y la genitalidad ha determinado un deber ser  en el que a la mujer se le asignan atributos desvalorizados hacia su cuerpo, con la compensación de que podrá incorporarse “a los núcleos humanos, con carta de ciudadanía en toda regla, mientras cumpla con la función materna” (Castellanos, 1984: 15)

Hoy, que en México se celebra el Día de las Madres, va mi reconocimiento a aquellas que lo planearon y decidieron ser mamás, a quienes no lo planearon y sin embargo, decidieron asumir su maternidad libremente, a quienes lo han hecho en compañía de una pareja y a quienes lo han hecho solas, a quienes no han parido pero eligieron ser mamás: tías, hermanas, abuelas, amigas; a quienes por responsabilidad y plan de vida, han decidido no ser madres, también a todas las que no he nombrado sus circunstancias. Y sobre todo, va mi aplauso a las mamás “imperfectas”, las que se desesperan, se desaniman, no saben qué hacer y tienen miedo, a las que se divierten con ese rol elegido, las que cometen errores y aceptan que así es la vida en realidad. A todas aquellas mujeres tan diversas como los colores, que ejercen su maternidad de manera responsable y realista, educando a mujeres y hombres como está en sus manos hacerlo, gracias.

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Referencias

Mujer que sabe latín. Lecturas Mexicanas, FCE, México, 1984.

Ávila, Y. (2004). Las mujeres frente a los espejos de la maternidad . Revista de Estudios de Género. La ventana, (20), 55-100.

In-on-under o el empoderamiento de la mujer

Por: Claudia María Santizo

La experiencia personal me ha llevado a un acercamiento del término empoderamiento de la mujer y, para fortuna mía, a dar pasos concretos hacia él. Cuando escuchamos la palabra empoderamiento ¿a que nos referimos? Lo que es claro es que hablamos de poder pero no es un término tan simple, de ahí la razón de mi contribución de hoy.

El término empoderamiento de la mujer empezó aplicarse en los movimientos de las mujeres a mediados de los años 70. En los últimos quince años este movimiento cada vez más extenso a favor de los derechos de las mujeres, ha insistido en la reinterpretación de los derechos humanos, que por tradición no han sido considerados como aplicables específicamente a las mujeres, y recientemente se ha conseguido un aumento gradual del poder en los organismos internacionales como una respuesta a la necesidad de la mujer de integración, participación, autonomía, identidad, desarrollo y planeación a nivel personal y social.

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Empoderamiento significa que las personas adquieran el control de sus vidas, logren la habilidad de hacer cosas y definir sus propios tiempos y procesos así como reconocer sus necesidades y hacer valer sus derechos. Es una expresión de cambio que implica participación, autonomía y desarrollo; se trata de la palabra “poder” como un llamado de atención acerca de su uso, que es condicionado en un sentido doble: fuente de opresión en su abuso y fuente de emancipación en su uso; de dominación en su abuso y de desafío en su uso; de resistencia a las fuentes de poder que existen y obtener control de ellas para servir.

La razón del empoderamiento radica en integrar a la mujer en la cooperación y la solidaridad mediante la autoconfianza y la autoestima para generar cambios que van desde el interior que se vean reflejados en el exterior.

Para comprender en una manera más sencilla el empoderamiento, dividamos en tres los tipos de poder y sus características:

PODER SOBRE, en el que el aumento de poder de una persona significa la pérdida de poder de otra, es decir, suma cero. Radica en la habilidad de una persona para hacer que otra actúe en contra de sus deseos, de afectar los resultados, aún en contra de los intereses de los demás. Este poder puede expresarse con violencia o fuerza; las decisiones se toman con relación a bienes y recursos materiales, intelectuales o ideológicos, sin tomar en cuenta opinión y en donde no existe la negociación, y ni siquiera entra la posibilidad de un conflicto abierto.

PODER PARA, que es el de suma positiva. Representa la habilidad para resistir el poder de otro mediante el rechazo a demandas indeseadas, surge desde el ser, no dado, ni regalado. Sirve para incluir cambios por medio de una persona o grupo líder que estimula la actividad, la productividad. Permite compartir el poder y favorece el apoyo mutuo.

PODER CON, en el que un grupo presenta una solución compartida a sus problemas. El todo puede ser superior a la suma de sus partes.

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Eufrosina-Cruz-Mendoza-1-600x408Con el empoderamiento de la mujer se busca apoyar los procesos que generen el poder positivo; conduce a la autonomía individual, a estimular la resistencia para transformar las estructuras que refuerzan la discriminación de género y la desigualdad social.

El empoderamiento de las mujeres, a su vez, empodera a los hombres en lo material y psicológico, ya que cuando la mujer accede a recursos materiales en beneficio de si misma, de la familia y la comunidad, entra a compartir responsabilidades y se permiten nuevas experiencias para el hombre, liberándolo de estereotipos de género y garantizando la igualdad en todo sentido.

El empoderamiento de la mujer proporciona:

  • Sentido de seguridad y visión de futuro.
  • Capacidad de ganarse la vida.
  • Actuar eficazmente en la esfera pública.
  • Mejor toma de decisiones.
  • La participación en grupos no familiares.
  • Mayor movilidad y visibilidad en la comunidad

Hablar sobre empoderamiento puede resultar incómodo, tanto para mujeres como para hombres porque implica hablar de género, y porque siempre incomoda cambiar el estado de las cosas.

Me gustaría finalizar citando a Chimamanda Ngozi Adichie, autora nigeriana que en su libro “Todos deberíamos ser feministas” dice:

“Hoy me gustaría pedir que empecemos a soñar con un plan para un mundo distinto. Un mundo más justo. Un mundo de hombres y mujeres más felices y más honestos consigo mismos. Y ésta es la forma de empezar: tenemos que criar a nuestras hijas de otra forma. Y también a nuestros hijos”. Busquemos que cada vez más mujeres se empoderen; así se empodera el mundo.

 

 

Ser mujer y no morir en el intento

Por: Nadia Sierra Campos

Desde hace más de 100 años se ha seleccionado una fecha para conmemorar[1] el Día Internacional de la Mujer como señal de lucha en pro de la igualdad, la justicia, la paz y desarrollo para las mujeres de los cinco continentes. El 8 de marzo de 1975, en coincidencia con el año internacional de la mujer, fue la primera vez que se conmemoró este día inamovible y desde entonces, en todas las latitudes, cada año hacemos eco de la exigencia del cese a la discriminación y violencia de que somos objeto.

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La historia nos demuestra que en otros centenarios las mujeres han dado una batalla dura por alcanzar el estatuto legal de igualdad, y que fue el siglo XX el del reconocimiento de ellas, el de su revolución y el de su modelo teórico: una filosofía llamada feminismo. Es ahora, en el siglo XXI, en el que recordamos que nos queda aún mucho camino por recorrer para pasar de los derechos a los hechos. En distintos rincones del mundo las mujeres salen a las calles para alzar su voz por derechos tan básicos como acceso a la educación, la salud, el trabajo o la política; en otros, demandan un modelo social justo y democrático, que promueva políticas económicas igualitarias, empleo de calidad, el abatimiento de la pobreza o la violencia de género.

Aunado a lo anterior, desafortunadamente, vivimos día a día expectantes a los recortes que sufre la igualdad en todos los ámbitos: laboral, económico, político, educativo. Por si fuera poco, por alguna razón inexplicable, a las mujeres se nos exige demostrar que tenemos conocimientos, capacidades y destrezas para desempeñar un trabajo y gozar de igual salario que otros, que debemos ser quienes eduquemos a hombres respetuosos, que somos las responsables de poner límites para que no se nos ultraje física o sexualmente; que si queremos divertirnos debemos ser mujeres honestas y bien portadas, que si nos desaparecen o secuestran debemos tener una conducta intachable; que si nos violentan debemos ofrecer las pruebas para demostrarlo, en conclusión, que si queremos que se respeten nuestros derechos debemos demostrar que los tenemos y que gozamos de reputación para ejercerlos.

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Estamos viviendo momentos donde las acciones a favor de la igualdad caminan en paralelo y a la misma velocidad que se propaga el machismo persistente. Estamos en la época donde aquello que parecía haberse conquistado vuelve a correr peligro.

Sin embargo, frente a un panorama pesimista en el que para sobrevivir debe existir una voluntad de aguantar, habemos mujeres de distintas latitudes, estaturas, colores y lenguas dispuestas a no callar; donde las feministas, las progresistas e incluso las conservadoras, las del oriente o el occidente, las que viven en guerra o en paz, las de aquí y las de allá seguimos denunciando, alzando la voz y exigiendo el respeto irrestricto a nuestros derechos. Dispuestas a decir que somos libres porque escogemos nuestras alternativas, por que nadie nos controla, ni nadie nos mantiene en subordinación.

Invitamos a la otra mitad de la humanidad, a los hombres, a que sean conscientes de que con nuestra visibilidad ellos también ganan. Porque el mundo no camina al mismo ritmo ni parejo sin nosotras.

Las mujeres no hemos hecho la historia, la hemos vivido, y la seguiremos escribiendo con dignidad y en libertad.

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[1] Conmemorar es hacer memoria; celebrar hace referencia a festejar con una fiesta. Las mujeres conmemoramos, pues no tenemos  nada que celebrar en estas fechas