Seguridad, justicia y paz para las mujeres

Por Nadia Sierra Campos

En los últimos días, más allá de lo que se comenta en las redes sociales o en voces de molestia que escuchamos sobre la escasez de gasolina, también ha sonado fuerte en medios de comunicación impresos y digitales temas como: #seguridadsinguerra, #noalamilitarización, #pazyseguridad, #nosinnosotras. Y es que se dicute por nuestros representantes populares (diputadxs federales, senadoras y senadores) la modificación a 13 artículos de la Constitución mexicana que pretenden dar regulación a la Guardia Nacional.

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Cabe aclarar que esa Guardia no es un asunto nuevo, ni que haya planteado crear el actual presidente de México; ya existía constitucionalmente, sólo que no tiene una reglamentación clara, pero tampoco se le había dotado de extra facultades que les permitieran a las fuerzas armadas (ejército y marina) actuar en labores de seguridad ciudadana o seguridad pública y menos, durante tiempos de paz (artículo 129.

Y es que seguramente este es un tema complejo, que divide y que confronta. Por un lado, estamos quienes aseguramos que un militar o un marino no generan certeza alguna de que hay seguridad en las calles, o ¿acaso no les ha pasado que ven un tanque del Ejército circulando cerca y se preguntan en qué momento se sueltan los balazos? Pero también están, con fundadas razones, quienes ante el hartazgo de las fechorías y crueles delitos que comete la delincuencia organizada piensan que es mejor que el ejército tome el control e incluso “mate a todxs”. Las vivencias y experiencias son muchas, pero la solución tiene que ser mayor e integral, mirando las atrocidades y aciertos, documentando los casos de éxito y fracaso.

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Desde hace por lo menos dos, sexenios las mujeres venimos señalando puntualmente el impacto que tiene la lucha contra la delincuencia organizada, el funcionamiento de la seguridad pública y ciudadana, y la relación entre actores armados, sean estatales o no, y las mujeres.

Gracias a ese esfuerzo, la ciudadanía se ha enterado de las incontables violaciones sexuales hacia niñas y mujeres (ahí está el reciente sentenciado caso “Atenco” en la Corte Interamericana de Derechos Humanos); del sufrimiento de las viudas, madres, novias, hijas, amigas que lloran la muerte de sus parientes, compañeras/os asesinadas/os o desparecidas/os en un conflicto que aún no encuentra fin; de las resistencias que enfrentan mujeres indígenas, campesinas y líderes rurales que defienden sus tierras y territorios; de las defensoras de derechos humanos que protestan contra la militarización, pero que sobre todo no encuentran respuesta alguna de seguridad por qué no la hay.

Por supuesto que se discute un plan emergente y urgente de seguridad, pero aún no se voltea a mirar a la mujeres. A esas 8,500 que en los últimos 9 años han sido desaparecidas, a las más de 10 mil que han sido asesinadas en los últimos 5 años, y a las otras tantas miles a las que la justicia no les ha hecho caso frente a las diversas violencias de género.

Si ya sabemos que la presencia de las fuerzas armadas no genera seguridad para ellas (nosotras) y por el contrario, tenemos testimonios como el de Valentina Rosendo Cantú o Inés Fernández Ortega, que fueron torturadas sexualmente por militares ¿por qué insistimos en un plan que los incorpore a “garantizar seguridad”?

No tengo la respuesta concreta, pero sí el trabajo decidido que diversas organizaciones de la sociedad civil como este Colectivo hemos encaminado a través de lo que denominamos Red Seguridad, Justicia y Paz para las Mujeres, en la que tenemos claro que requerimos un carácter eminentemente civil de una guardia nacional que realice las labores de seguridad pública y ciudadana.

Ayer (16 de enero de 2019) se avaló la reforma sin nuestra visión y aportes en la Cámara de Diputadxs; próximamente será discutida y votada en el Senado. Es importante que todas las mujeres, con conocimiento de causa o no, sean o hayan sido víctimas o no, con miedo o sin miedo, se sumen a nuestras voces y peticiones. Seguridad y justicia sin perspectiva de género harán que esas violencias machistas de todo tipo sean y sigan quedando impunes, pero sobre todo, que las mujeres sigamos ausentes en todo sentido.

La memoria histórica y lo que han padecido miles de mujeres en este país no debe repetirse, sufrimos las consecuencias de un combate fallido a la delincuencia organizada, de expedientes cargados de impunidad, de silencios no resueltos, pero sobre todo, arrastramos en nuestras conciencias el temor de si mañana no sucederá algo igual a mi hermana, la vecina, la compañera de trabajo o a la mujer que no conocemos que va en el autobús camino a su trabajo.

Sin duda, seguridad sin guerra no sólo significa que las fuerzas armadas no tomen control de los espacios públicos, sino implica que un plan integral de seguridad no puede ir sin el aporte de la otra mitad de la población, las mujeres, que aspiramos a la paz pero sobre todo a ejercer en todo sentido ese derecho de vivir libres de violencia y discriminación.

Tratemos de no ser indiferentes ante un tema tan sentido y vivido día a día. No es la discusión de aquéllos, es el debate de nosotras, con nosotras y para nosotras. Que la apatía y el desconocimiento no nos ganen.

Entre hornos y batidoras

Por: Claudia María Santizo.

Este no es el Día de la Mujer, ni el Día de las Madres, y precisamente por eso me parece una ocasión ideal para honrar a las mujeres que luchan por ser la mejor versión de si mismas.

En el curso de repostería al que asisto llegamos cada tarde mujeres muy diferentes y, al mismo tiempo, con un mismo objetivo: dar lo mejor.

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La que tiene una hija con Síndrome de Down y decidió criarla igual a que a sus otr@s hij@s, siempre con la sonrisa bien puesta y ocupando todas las herramientas a su alcance para que crezca feliz.

La que agradece el haber crecido dentro de una familia con recursos limitados pero que disfrutó su infancia al máximo.

La que no se rinde y va por su segundo intento para estudiar una carrera profesional.

La que no quiere dejar de aprender.

La que busca un mejor futuro económico para su familia.

La que con su risa nos hace la tarde.

La que quedó viuda a los veintitrés años y sacó a sus hij@s adelante sola.

Clara, la que nos comparte sus conocimientos y también sus experiencias de vida.

Acremando mantequilla, así de suavecito empiezan a fluir las palabras, las anécdotas, los recuerdos  y te das cuenta que lo que todas estamos persiguiendo es lo mismo, superarnos y dar una mejor vida a nuestras familias.

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Vivimos en un sistema social en el que aunque hay avances, todavía existe mucha desigualdad, donde la labor de jefa de familia no se aprecia, no se remunera y en la mayoría de los casos tampoco se agradece.

En la que las oportunidades de emprender un negocio propio son pocas.

En el que generalmente laborar fuera del hogar implica doble esfuerzo, ya que la mujer que trabaja rara vez cuenta con el apoyo de la pareja para compartir la responsabilidad del cuidado de l@s hij@s…

Pero nada de eso nos impide seguir hacia adelante y tomar cada oportunidad que se presente, por pequeña que parezca, poniendo la mira en la superación personal. Y es en estos grupos de mujeres con objetivos claros, donde se desarrolla uno de los valores más hermosos, la SORORIDAD, el apoyo mutuo de las mujeres.

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Esa hermandad que nos anima a luchar por nuestros sueños, en la que nos abrazamos físicamente y también con el alma.

Esa chispa que prendemos entre todas para generar el fuego que nos da energía para seguir adelante.

Sin mayores pretensiones, el lazo que se crea compartiendo nuestras experiencias, sin juzgar, sin querer cambiar a nadie, solamente aceptando quiénes somos, de dónde venimos y animándonos a dar lo mejor.

Qué importante cultivar este valor en nuestros tiempos: mujeres que hacen fuertes a otras mujeres y las ayudan a lograr su empoderamiento.

Mamás multicolores

Por: Angeles Santiso

“Una madre perdona siempre; ha venido al mundo para esto.” Alejandro Dumas

Pienso en una sentencia como la de Alejandro Dumas y me pregunto ¿por qué una madre ha venido al mundo para perdonar siempre? ¿qué es lo que tiene que perdonar y por qué? Tal vez la respuesta esté en una concepción de la maternidad en la que se ha establecido que el rol de una mamá debe ser sufrido, abnegado, incondicional, amoroso, en el que debieran saber por instinto qué es lo que necesitan sus hijas o hijos, y podría continuar con la lista de deberes de una madre. Sin embargo, considero que histórica y culturalmente, les hemos dejado una carga prácticamente imposible de cumplir si seguimos con esa mirada acerca de la maternidad.

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Tradicionalmente, se ha considerado a la maternidad como un hecho natural o una especie de destino para todas las mujeres, gracias al cual podemos realizarnos y sentirnos completas lo que nos lleva a la conclusión lógica de que si no tenemos hijos biológicos, estamos incompletas y frustradas. Por otro lado, también se ha planteado la idea del instinto maternal gracias al cual toda madre sabe todo lo relacionado con la crianza sabia y correcta de su prole. Luego entonces, si una mamá no entiende las expresiones del bebé o al crecer, esa niña o niño manifiesta “mala conducta” ya sabemos a quién debemos resposabilizar; incluso justifica el comentario de muchos papás a los que he escuchado decir “ve a ver a tus hijos que se están portando mal” como si es@s hij@s existieran por generación espontánea sin participación alguna de ellos.

Pero ¿qué pasa cuando una madre no cumple con las características que he mencionado? Y más aún ¿qué pasa cuando una mujer decide no ser madre, o no ser madre biológica? Lo que he observado en mi práctica clínica es que muchas mujeres viven su maternidad con culpa y preocupación. Y también el no ser madres, o ser madres poco convencionales. ¿No será que estamos pretendiendo un ideal que además, no aplica para todas las mujeres?

La función materna implica una gran responsabilidad, bastante generosa por cierto. Pero no podemos dejar de lado que estamos hablando de personas, de seres individuales. Si una mujer decide ser madre no deja de ser persona, con sus propios deseos y aspiraciones, y sus propias luchas. Si una mujer decide no ser madre, no se queda inválida emocionalmente. Y si una mujer cumple con la función materna con quienes no son sus hij@s biológic@s, debiera ser considerada una madre con el mismo derecho de ser nombrada así que aquellas que han parido a sus hij@s, si es que así lo pretende.

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Como lo dijo Simone De Beauvoir “Una no nace, sino que se hace mujer”, y una no nace predeterminada para ser mamá y además, para ser una mamá perfecta. El peso de la cultura en la interpretación y valoración de la sexualidad y la genitalidad ha determinado un deber ser  en el que a la mujer se le asignan atributos desvalorizados hacia su cuerpo, con la compensación de que podrá incorporarse “a los núcleos humanos, con carta de ciudadanía en toda regla, mientras cumpla con la función materna” (Castellanos, 1984: 15)

Hoy, que en México se celebra el Día de las Madres, va mi reconocimiento a aquellas que lo planearon y decidieron ser mamás, a quienes no lo planearon y sin embargo, decidieron asumir su maternidad libremente, a quienes lo han hecho en compañía de una pareja y a quienes lo han hecho solas, a quienes no han parido pero eligieron ser mamás: tías, hermanas, abuelas, amigas; a quienes por responsabilidad y plan de vida, han decidido no ser madres, también a todas las que no he nombrado sus circunstancias. Y sobre todo, va mi aplauso a las mamás “imperfectas”, las que se desesperan, se desaniman, no saben qué hacer y tienen miedo, a las que se divierten con ese rol elegido, las que cometen errores y aceptan que así es la vida en realidad. A todas aquellas mujeres tan diversas como los colores, que ejercen su maternidad de manera responsable y realista, educando a mujeres y hombres como está en sus manos hacerlo, gracias.

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Referencias

Mujer que sabe latín. Lecturas Mexicanas, FCE, México, 1984.

Ávila, Y. (2004). Las mujeres frente a los espejos de la maternidad . Revista de Estudios de Género. La ventana, (20), 55-100.

In-on-under o el empoderamiento de la mujer

Por: Claudia María Santizo

La experiencia personal me ha llevado a un acercamiento del término empoderamiento de la mujer y, para fortuna mía, a dar pasos concretos hacia él. Cuando escuchamos la palabra empoderamiento ¿a que nos referimos? Lo que es claro es que hablamos de poder pero no es un término tan simple, de ahí la razón de mi contribución de hoy.

El término empoderamiento de la mujer empezó aplicarse en los movimientos de las mujeres a mediados de los años 70. En los últimos quince años este movimiento cada vez más extenso a favor de los derechos de las mujeres, ha insistido en la reinterpretación de los derechos humanos, que por tradición no han sido considerados como aplicables específicamente a las mujeres, y recientemente se ha conseguido un aumento gradual del poder en los organismos internacionales como una respuesta a la necesidad de la mujer de integración, participación, autonomía, identidad, desarrollo y planeación a nivel personal y social.

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Empoderamiento significa que las personas adquieran el control de sus vidas, logren la habilidad de hacer cosas y definir sus propios tiempos y procesos así como reconocer sus necesidades y hacer valer sus derechos. Es una expresión de cambio que implica participación, autonomía y desarrollo; se trata de la palabra “poder” como un llamado de atención acerca de su uso, que es condicionado en un sentido doble: fuente de opresión en su abuso y fuente de emancipación en su uso; de dominación en su abuso y de desafío en su uso; de resistencia a las fuentes de poder que existen y obtener control de ellas para servir.

La razón del empoderamiento radica en integrar a la mujer en la cooperación y la solidaridad mediante la autoconfianza y la autoestima para generar cambios que van desde el interior que se vean reflejados en el exterior.

Para comprender en una manera más sencilla el empoderamiento, dividamos en tres los tipos de poder y sus características:

PODER SOBRE, en el que el aumento de poder de una persona significa la pérdida de poder de otra, es decir, suma cero. Radica en la habilidad de una persona para hacer que otra actúe en contra de sus deseos, de afectar los resultados, aún en contra de los intereses de los demás. Este poder puede expresarse con violencia o fuerza; las decisiones se toman con relación a bienes y recursos materiales, intelectuales o ideológicos, sin tomar en cuenta opinión y en donde no existe la negociación, y ni siquiera entra la posibilidad de un conflicto abierto.

PODER PARA, que es el de suma positiva. Representa la habilidad para resistir el poder de otro mediante el rechazo a demandas indeseadas, surge desde el ser, no dado, ni regalado. Sirve para incluir cambios por medio de una persona o grupo líder que estimula la actividad, la productividad. Permite compartir el poder y favorece el apoyo mutuo.

PODER CON, en el que un grupo presenta una solución compartida a sus problemas. El todo puede ser superior a la suma de sus partes.

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Eufrosina-Cruz-Mendoza-1-600x408Con el empoderamiento de la mujer se busca apoyar los procesos que generen el poder positivo; conduce a la autonomía individual, a estimular la resistencia para transformar las estructuras que refuerzan la discriminación de género y la desigualdad social.

El empoderamiento de las mujeres, a su vez, empodera a los hombres en lo material y psicológico, ya que cuando la mujer accede a recursos materiales en beneficio de si misma, de la familia y la comunidad, entra a compartir responsabilidades y se permiten nuevas experiencias para el hombre, liberándolo de estereotipos de género y garantizando la igualdad en todo sentido.

El empoderamiento de la mujer proporciona:

  • Sentido de seguridad y visión de futuro.
  • Capacidad de ganarse la vida.
  • Actuar eficazmente en la esfera pública.
  • Mejor toma de decisiones.
  • La participación en grupos no familiares.
  • Mayor movilidad y visibilidad en la comunidad

Hablar sobre empoderamiento puede resultar incómodo, tanto para mujeres como para hombres porque implica hablar de género, y porque siempre incomoda cambiar el estado de las cosas.

Me gustaría finalizar citando a Chimamanda Ngozi Adichie, autora nigeriana que en su libro “Todos deberíamos ser feministas” dice:

“Hoy me gustaría pedir que empecemos a soñar con un plan para un mundo distinto. Un mundo más justo. Un mundo de hombres y mujeres más felices y más honestos consigo mismos. Y ésta es la forma de empezar: tenemos que criar a nuestras hijas de otra forma. Y también a nuestros hijos”. Busquemos que cada vez más mujeres se empoderen; así se empodera el mundo.

 

 

Ser mujer y no morir en el intento

Por: Nadia Sierra Campos

Desde hace más de 100 años se ha seleccionado una fecha para conmemorar[1] el Día Internacional de la Mujer como señal de lucha en pro de la igualdad, la justicia, la paz y desarrollo para las mujeres de los cinco continentes. El 8 de marzo de 1975, en coincidencia con el año internacional de la mujer, fue la primera vez que se conmemoró este día inamovible y desde entonces, en todas las latitudes, cada año hacemos eco de la exigencia del cese a la discriminación y violencia de que somos objeto.

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La historia nos demuestra que en otros centenarios las mujeres han dado una batalla dura por alcanzar el estatuto legal de igualdad, y que fue el siglo XX el del reconocimiento de ellas, el de su revolución y el de su modelo teórico: una filosofía llamada feminismo. Es ahora, en el siglo XXI, en el que recordamos que nos queda aún mucho camino por recorrer para pasar de los derechos a los hechos. En distintos rincones del mundo las mujeres salen a las calles para alzar su voz por derechos tan básicos como acceso a la educación, la salud, el trabajo o la política; en otros, demandan un modelo social justo y democrático, que promueva políticas económicas igualitarias, empleo de calidad, el abatimiento de la pobreza o la violencia de género.

Aunado a lo anterior, desafortunadamente, vivimos día a día expectantes a los recortes que sufre la igualdad en todos los ámbitos: laboral, económico, político, educativo. Por si fuera poco, por alguna razón inexplicable, a las mujeres se nos exige demostrar que tenemos conocimientos, capacidades y destrezas para desempeñar un trabajo y gozar de igual salario que otros, que debemos ser quienes eduquemos a hombres respetuosos, que somos las responsables de poner límites para que no se nos ultraje física o sexualmente; que si queremos divertirnos debemos ser mujeres honestas y bien portadas, que si nos desaparecen o secuestran debemos tener una conducta intachable; que si nos violentan debemos ofrecer las pruebas para demostrarlo, en conclusión, que si queremos que se respeten nuestros derechos debemos demostrar que los tenemos y que gozamos de reputación para ejercerlos.

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Estamos viviendo momentos donde las acciones a favor de la igualdad caminan en paralelo y a la misma velocidad que se propaga el machismo persistente. Estamos en la época donde aquello que parecía haberse conquistado vuelve a correr peligro.

Sin embargo, frente a un panorama pesimista en el que para sobrevivir debe existir una voluntad de aguantar, habemos mujeres de distintas latitudes, estaturas, colores y lenguas dispuestas a no callar; donde las feministas, las progresistas e incluso las conservadoras, las del oriente o el occidente, las que viven en guerra o en paz, las de aquí y las de allá seguimos denunciando, alzando la voz y exigiendo el respeto irrestricto a nuestros derechos. Dispuestas a decir que somos libres porque escogemos nuestras alternativas, por que nadie nos controla, ni nadie nos mantiene en subordinación.

Invitamos a la otra mitad de la humanidad, a los hombres, a que sean conscientes de que con nuestra visibilidad ellos también ganan. Porque el mundo no camina al mismo ritmo ni parejo sin nosotras.

Las mujeres no hemos hecho la historia, la hemos vivido, y la seguiremos escribiendo con dignidad y en libertad.

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[1] Conmemorar es hacer memoria; celebrar hace referencia a festejar con una fiesta. Las mujeres conmemoramos, pues no tenemos  nada que celebrar en estas fechas